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El primer desafío de De la Espriella no será derrotar a la oposición ni desmontar el legado de Petro. Será algo más complejo: convencer a millones de colombianos que no votaron por él de que también serán parte de su gobierno.
Abelardo de la Espriella se convirtió este domingo en presidente electo de Colombia para el período 2026-2030. Ganó por poco más de 250.000 votos de diferencia sobre Iván Cepeda, un margen que algunos han calificado como estrecho, pero que visto en el contexto de cómo el gobierno de Gustavo Petro se metió de pies y manos en la campaña, debe entenderse como una victoria de enorme significado político en un momento crítico de la historia del país.
Más allá de la aritmética, la victoria adquiere una dimensión particular porque el Tigre no le ganó solo a Cepeda. Le ganó también a un gobierno que se puso en modo campaña con nombramientos, contratos, chequera y con el Presidente de la República actuando como jefe de debate las 24 horas. Los 250.000 votos de diferencia resultan especialmente significativos a la luz de ese despliegue.
Tras la derrota en primera vuelta, el Pacto Histórico llamó a renunciar a sus cargos a altos funcionarios para sumarse a la “remontada” y estos recorrían el país haciendo propaganda con sus equipos del gobierno en terreno. Como si fuera poco, una investigación de La Silla Vacía reveló que al menos 900 contratistas y 150 funcionarios públicos —en entidades como la ANT, la Unidad de Restitución de Tierras y la Agencia de Desarrollo Rural— aparecían inscritos como voluntarios activos de la campaña de Cepeda. Asimismo, la maquinaria electoral se tomó el gabinete: la Procuraduría recibió 556 quejas por presunta participación indebida en política, tenía bajo la lupa a al menos seis ministros, entre ellos los de Interior, Salud, Trabajo y Transporte y a seis embajadores. Y todo eso es apenas algunas de las artimañas que los medios y las entidades de control pudieron identificar. ¿Cuánto más se puso en juego el Estado a favor de una campaña?
Y así se vio en las encuestas. El tracking de Atlas Intel mostró lo que estaba ocurriendo con precisión. Mientras el viernes 5 de junio, Abelardo de la Espriella llegó a un pico de 56% de intención de voto, con una ventaja de 16 puntos sobre Cepeda (40%), la distancia comenzó a reducirse hasta ubicarse cerca de cinco puntos en la víspera de las elecciones. Ese crecimiento acelerado de Cepeda en la recta final seguramente será objeto de análisis por parte de estrategas y observadores electorales, especialmente porque coincidió con una participación cada vez más visible de figuras del Gobierno en la campaña.
Pese a ese despliegue sin precedentes —un presidente en funciones convertido en jefe de campaña de facto, ministros investigados, funcionarios renunciando para sumarse, entidades enteras movilizadas en función electoral— la conclusión es elocuente: nada de eso fue suficiente para que Cepeda superara el lastre de cuatro años de gobierno Petro. El desgaste de cuatro años de gobierno Petro pesó más que cualquier maquinaria que el poder pudiera ofrecerle.
Hay que decir que Antioquia jugó un papel crucial para esa victoria: Abelardo de la Espriella logró sacar en este departamento una diferencia de 1.050.000 votos sobre Cepeda. Mientras que en la Costa Caribe ocurrió lo contrario: en cuatro de los 7 departamentos (Atlántico, Magdalena, Bolívar y Córdoba) Cepeda aumentó sus votaciones en 523.000 votos con respecto a la primera vuelta; así como en Bogotá aumentó 500.000 votos más.
Cepeda reconoció el preconteo, aunque pidió esperar el escrutinio oficial antes de hablar de reconocimiento pleno. Sin embargo, sus palabras parecían ser las de alguien que asume desde ya que estará en la oposición del Gobierno. El propio Gustavo Petro, por su parte, si bien sembró dudas sobre los formularios E-14 antes de que se cerrara el conteo, al final pareció más calmado a la hora de hablar de los resultados de lo que ha sido en otras ocasiones.
Vendrá el escrutinio, que es el conteo vinculante de los votos, con jueces de la República y magistrados del Consejo Nacional Electoral a bordo, pero todo indica que el triunfo de De la Espriella está consumado. En la historia de los escrutinios nunca han encontrado diferencias con el preconteo de más de 0,088%. Sería bastante extraño que en esta ocasión la diferencia entre el preconteo y el escrutinio fuera de más del 1% que es la que le dio el triunfo a Abelardo ayer.
En este contexto, el respaldo inmediato de Washington —la llamada de Donald Trump, el mensaje de Marco Rubio llamándolo ya “presidente electo” y el acompañamiento del senador Bernie Moreno como observador de las elecciones— no son simples gestos de protocolo, también mandan un mensaje.
Sin embargo, también hay que decir, que la legitimidad numérica no resuelve la legitimidad política. De la Espriella habló anoche de que no habrá “vencedores ni vencidos”, de que no habrá persecuciones y de que no considera a nadie su enemigo. Son las palabras correctas. Ahora deberá convertirlas en hechos. Porque su primer desafío no será derrotar a la oposición ni desmontar el legado de Petro. Será algo más complejo: convencer a millones de colombianos que no votaron por él de que también serán parte de su gobierno.
Esa será la verdadera medida de su éxito. Ganar una elección es difícil. Gobernar un país diverso, desconfiado y políticamente fracturado suele ser mucho más complicado.