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En Colombia los héroes son más

Cuando todo se derrumba y el país parece quedarse a oscuras, descubrimos que hay miles de pequeñas luces encendidas que iluminan a Colombia. Que los héroes son más.

hace 1 hora
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  • En Colombia los héroes son más

Hay luces que solo alcanzamos a ver cuando todo alrededor se queda a oscuras. El terremoto produjo también ese fenómeno: la peor tragedia que ha vivido Colombia en años, está permitiendo ver de manera nítida lo mejor de nosotros los colombianos.

Este largo sacudón de la tierra primero dejó al descubierto nuestros miedos, derrumbó edificios y se llevó vidas. Pero, casi simultáneamente, entre los escombros también han aparecido figuras luminosas que nos muestran esa Colombia de gente buena que pocas veces ocupa los titulares.

El caso de Germán Somoyar, por ejemplo. Un médico que ya había salido de la Clínica Panamericana de Apartadó. Podía haberse quedado en la calle para no correr riesgos. Pero en el edificio habían quedado Mateo y Salomón, dos bebés que apenas llevaban unas horas en este mundo. Entonces regresó, tomó a los dos recién nacidos y salió con una vida en cada brazo.

Y como él son muchos, centenares, decenas de miles, los que han demostrado que por muy fuerte que sea el terremoto no logra doblegar la solidaridad de los colombianos.

A cientos de kilómetros de allí, en Cali, un edificio de cuatro pisos colapsó sobre la calle Quinta con carrera 44 y los organismos de emergencia comenzaron una carrera contra el reloj. Bomberos, socorristas y voluntarios trabajaron durante horas retirando escombros, buscando cualquier señal de vida. Llegó la noche y después la madrugada, pero siguieron. A las 3:57 de la mañana –20 horas después de la tragedia– lograron sacar con vida a Carlos Esteban Rebolledo, de 35 años. De ese mismo edificio fueron rescatadas once personas.

Detrás de cada sobreviviente hubo una cadena de manos que seguramente nunca conoceremos: alguien movió una piedra, sostuvo una linterna, pasó una herramienta o decidió seguir excavando cuando el cansancio ya ordenaba parar.

Las fotografías que aparecen en esta edición son una prueba contundente de cuántas manos se ofrecieron para ayudar al prójimo, así fuera moviendo pesadas placas, sin pedir nada a cambio. Un señor Humberto Villegas, por ejemplo, trabajó todo el lunes y ayudó a rescatar cuatro personas debajo de los escombros de su barrio en Pereira y ayer ya se movió al centro de la ciudad donde ayudó a recuperar una vida más.

En los escombros de un edificio en el barrio Nuevo Rey, los rescatistas pedían no hablar y ni siquiera caminar, porque cualquier paso podía apagar el eco de una voz atrapada. Así lograron sacar con vida a seis personas más. Y en las Torres del Limonar, mientras cerca de 25 personas seguían bajo los techos desplomados, un ingeniero civil caleño llamado William González se abrió paso entre el cordón de seguridad con su casco de obra y su propia cámara térmica, para confirmar, punto de calor por punto de calor, que el corazón de la estructura seguía latiendo.

En otra parte de la ciudad, entre los aplausos de quienes esperaban noticias, alguien gritó lo que ya era casi un símbolo de esa noche: “¡Diana está con vida!”. En otro edificio desplomado se armó un coro de voluntarios que gritaba “¡Sí se puede!”, cada que parecían estar más cerca de un nuevo rescate.

Y cuando empiezan a flaquear las esperanzas, porque pasan las horas, los héroes no se rinden: ayer, 36 horas después del terremoto, rescataron a Daniela Largos, de 32 años, debajo de escombros en Pereira.

En otro edificio derrumbado, los equipos de emergencia encontraron con vida a un bebé de apenas seis meses y a un adulto después de permanecer durante horas bajo los escombros. El hombre habría protegido al pequeño durante el derrumbe. La imagen resulta difícil de olvidar: mientras un edificio se viene abajo, alguien convierte su propio cuerpo en techo para salvar a otro.

Y la solidaridad también llegó desde lejos. El futbolista Jhon Arias y su esposa, Alejandra Ayala, decidieron hacer algo concreto por su gente en Quibdó: consiguieron y pagaron un avión privado para transportar médicos, insumos y ayuda hacia la capital chocoana. “Cada minuto cuenta”, escribió ella. Y probablemente pocas frases describan mejor la urgencia.

No es solo la calidad es la cantidad. Alrededor de los edificios desplomados hemos visto largas filas de voluntarios pasándose escombros para despejar la zona y facilitar el rescate. Millones de colombianos quieren saber en dónde se puede donar. Y hay quienes incluso ofrecen cobijo a los que perdieron todo.

Durante años Colombia ha convertido en protagonistas a las personas equivocadas. Sabemos los nombres de los corruptos, de los criminales, de quienes insultan, amenazan o incendian cada día la conversación pública. Pero poco hablamos de quienes sostienen este país silenciosamente: los que ayudan, los que rescatan, los que donan y los que ponen en riesgo su vida por otros cuando ya estaban a salvo.

Muchos volverán a sus casas cubiertos de polvo. No conoceremos sus nombres ni veremos sus fotografías. Probablemente tampoco crean haber hecho algo extraordinario.

Pero quizá esa sea una de las pocas cosas que una tragedia de esta magnitud puede dejarnos: cuando todo se derrumba y el país parece quedarse a oscuras, descubrimos que hay miles de pequeñas luces encendidas que iluminan a Colombia. Que los héroes son más.

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