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Un sueño agitado. Franz, de Agnieszka Holland

hace 48 minutos
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  • Un sueño agitado. Franz, de Agnieszka Holland
  • Un sueño agitado. Franz, de Agnieszka Holland

Después de ver “Franz”, de Agnieszka Holland, candidata por Polonia al Óscar a Mejor película internacional de este año, provoca agregar al epígrafe del maestro Gabriel Gracía Márquez en “Vivir para contarla”, que aunque la vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda, a partir de cierto momento después de nuestra muerte la vida también es lo que recuerdan los demás de uno, o incluso lo que deciden recordar. Porque si algo notable debe anotarse entre las muchas cualidades de esta película biográfica sobre el escritor checo Franz Kafka, es la narración polifónica que logra Holland, con la ayuda de Pavel Hrdlicka, su editor, dándole importancia a los personajes secundarios (sobre todo a las mujeres) a través de declaraciones a cámara, en las que opinan sobre los hechos e incluso interfieren en ellos, y presentándonos las resonancias que la vida de Kafka sigue teniendo en nuestro mundo, pues aquel caos amenazante y ese sentido del humor amargo que relacionamos con lo kafkiano, están cada día más presentes en lo cotidiano, incluso en la ironía inesperada de que la figura atormentada y dubitativa del checo haya amanecido, menos de un siglo después, convertida en un terrible souvenir turístico del que muchos viven en Praga.

El notable guion que escribió Marek Epstein con la colaboración de la directora es capaz de apartarse de la narración hagiográfica y cronológica más común en este tipo de cintas y consigue ser bastante ecuánime en repartir culpas acerca de los principales sucesos en la vida de Franz. No niega que la relación con el padre haya sido traumática para Kafka, pero con la ayuda de la estupenda actuación de Peter Kurth, al que conocimos gracias a la serie “Babylon Berlín”, vemos que Hermann Kafka no era más que un hombre de su tiempo, no mucho más hostil o brusco que cualquier padre aquel entonces, preocupado porque su único hijo hombre parecía no ser capaz de lidiar con el mundo.

De igual forma la interpretación como Franz, llena de matices de Idan Weiss, el principal descubrimiento actoral de esta película, no lo exime de responsabilidad en su relación con las mujeres con las que estuvo comprometido: cobarde y miedoso ante el compromiso, siempre encontró una excusa que lo librara de una cadena que no se veía capaz de soportar. Cuando lo oímos criticar el matrimonio de su hermana con alguien que no era judío, en realidad habla un joven inseguro y con la envidia propia del que ve que otros sí son capaces de tomar los riesgos que implican el amor presencial y la rutina de la convivencia.

Holland marca una sutil perspectiva feminista hasta el final, cuando se atreve a insinuar que también la esposa de Max Brod, Elsa, debería tener parte del reconocimiento de la Historia al salvar junto con su marido, la obra de Kafka del fuego censurador nazi. Y puede que sí, por qué no. Si quedamos en que la vida es también lo que otros deciden recordar. Si en este mundo, cada vez más kafkiano, conviene aceptar que la transformación en horribles insectos, dependiendo del cristal con que se mire, puede ser un drama terrible o una ingeniosa comedia.

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