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Crónicas de un Fan Fatal: 55 años de Ancón, el Woodstock criollo que cambió a Colombia

hace 13 horas
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  • Crónicas de un Fan Fatal: 55 años de Ancón, el Woodstock criollo que cambió a Colombia

diego

londoño

@ElFanFatal

El pasado 18 de junio se cumplieron 55 años de Ancón, el festival que marcó un antes y un después en la historia del rock colombiano y de la contracultura nacional. Cinco décadas y media después, sigue siendo mucho más que un concierto: fue el momento en que una generación decidió hacer del rock una forma de vivir, pensar y resistir.

A finales de los años sesenta, el rock había dejado de ser solo música para convertirse en un movimiento cultural. La paz, el rechazo a la guerra, el amor libre, la ecología y la búsqueda de nuevas formas de entender el mundo encontraron su máxima expresión en el Festival de Woodstock, realizado en agosto de 1969 en Bethel, Nueva York. Cerca de 400.000 personas asistieron a un encuentro histórico donde sonaron las guitarras de Janis Joplin, Carlos Santana, Neil Young, The Who y Jimi Hendrix, entre muchos otros. Ese espíritu cruzó fronteras y llegó hasta Medellín.

Mientras buena parte de la sociedad veía con desconfianza el nacimiento de la cultura hippie, un pequeño grupo de soñadores empezó a preguntarse cómo darle vida a ese mismo ideal en Colombia. El epicentro de esa revolución era un sótano en el pasaje Junín Palacé, conocido como La Caverna de Carolo: un refugio decorado con afiches psicodélicos, incienso permanente y un enorme elfo que custodiaba las conversaciones de quienes imaginaban un país distinto.

Allí, Carolo, considerado el decano de los hippies en Medellín, retomó una idea que había nacido tiempo atrás en San Andrés, durante conversaciones con Gonzalo Arango, Pablus Gallinazus y Fanny Buitrago. La leyenda cuenta que, bajo los efectos del LSD y mirando el cielo de la isla, imaginó un Woodstock colombiano. Muchos pensaron que era una locura. Él decidió convertirla en realidad. Así nació Ancón.

En 1971, en el municipio de La Estrella, al sur del Valle de Aburrá, se realizó el primer gran festival de rock y de jipismo del país. La apuesta parecía imposible en una Medellín profundamente religiosa, conservadora y tradicional. Sin embargo, un parque ubicado en el sector de Ancón, rodeado de naturaleza y alejado del ruido de la ciudad, se convirtió en el escenario perfecto para hacer realidad aquella utopía bajo el lema: “Es cuestión de fe y nos unimos todos con música”.

La organización estuvo rodeada de dificultades. Álvaro Villegas, recordado después como “el alcalde hippie”, autorizó el evento con la promesa de cambiar las piedras y los cocteles Molotov por guitarras, flautas y bongós. La decisión desató una tormenta política y religiosa que terminó costándole el cargo.

Tampoco hubo respaldo económico. Casi ninguna empresa creyó en el proyecto. Coltejer aportó la enorme lona del escenario; Leonardo Nieto, propietario del Salón Versalles, donó cinco mil pesos y sirvió de fiador para conseguir otro préstamo; Manuel Arcila terminó condonando el dinero prestado; y Carolo llegó a girar 56 cheques posfechados para hacer posible un sueño que parecía condenado al fracaso. Pero Ancón ocurrió.

Sobre aquella tarima improvisada desfilaron agrupaciones como Los Flippers, Los Monsters, Los Riders, Conspiración del Zodíaco, La Banda Universal del Amor, Terrón de Sueños, La Planta, Black Star, Columna de Fuego, Free Stone y muchas otras que hoy hacen parte de la memoria del rock colombiano.

Lo que sucedió durante esos días trascendió la música. Ancón fue el símbolo de una juventud que reclamó su lugar, desafió las normas y demostró que el rock también podía escribirse con acento colombiano.

Quizá nadie lo resumió mejor que el propio Carolo:

“El Festival de Ancón es irrepetible, porque Ancón no fue un espectáculo ni un evento; Ancón fue un cambio de generación, y los cambios de generación no se pueden repetir cada vez que a un empresario se le ocurra.”

A 55 años de aquella aventura, Ancón sigue siendo nuestro Woodstock criollo: el festival que sembró la semilla del rock colombiano y demostró que, incluso en los lugares más improbables, las revoluciones también pueden comenzar con una guitarra.

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