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Tokio Blue. “Perfect days”, de Wim Wenders

12 de febrero de 2024
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Stars when you shine, you know how I feel

Scent of the pine, you know how I feel

Oh, freedom is mine!

And I know how I feel.

Versos de “I’m feeling good”, canción popularizada por Nina Simone, que suena en “Perfect days”

No le hace honor la forma de este texto a la película de la que habla. En lugar de ser tres párrafos con un epígrafe prestado de la última y bella canción que suena en “Perfect days”, de Wim Wenders, esta crítica debería tener forma de haikú, para imitar la belleza simple y diáfana de una historia en la que Wenders destila su ya conocida admiración por Japón. SI hace casi 40 años en “Tokio-Ga”, el documental que firmó justo después de alcanzar la fama con “Paris, Texas”, Wenders buscaba encontrar el espíritu del director Yasujirô Ozu en la Tokio de esos días, aquí no tiene problema en ponerle a su personaje principal el mismo apellido, Hirayama, que tenía el viudo que protagonizaba la última cinta del maestro japonés.

Wenders escribe para el experimentado actor Koji Yakusho un personaje memorable, tan silencioso que pareciera haber olvidado el sonido de su voz. El señor Hirayama, ya entrado en años, trabaja limpiando los baños públicos de los parques de Tokio en el distrito de Shibuya. Lo acompañaremos en su rutina de todos los días: doblar su cama en un rincón de su cuarto, regar los pequeños retoños de árboles que cuida en un lugar de su casa convertido en invernadero, tomarse un café y tomar un par de fotografías de la luz del sol entrando a través de las hojas de los árboles, seguir su recorrido de limpieza poniendo en el pasacintas de su carro de trabajo algunos álbumes gloriosos en formato casete de Lou Reed, Patti Smith o Van Morrison. Terminar de hacer su labor, respetuosa de los usuarios de los aseos, para poder disfrutar de unos minutos en el agua de su terma de barrio y comer en la misma cafetería o en el mismo restaurante donde le sirven cada día “lo de siempre”.

Wenders hace en esta “Perfect days” con el color azul lo mismo que Almodóvar con el rojo en buena parte de su cine. Y si en Almodóvar ese rojo implica la pasión que se cuela en cualquier lugar aquí el azul pareciera simbolizar la serenidad del cielo o del mar calmo, que es el objetivo diario del señor Hirayama. Azul es la regadera que cuelga en su balcón y su uniforme de trabajo; azul la luz con la que alumbra sus retoños de árboles y azul el banquito en el que se sienta desnudo a lavarse el cuerpo; azul el brillo que proyecta por la noche su edificio favorito y azul la moto del muchacho que es su aprendiz. Hirayama carga con su pasado, sin duda, y varias veces el pasado le tocará la puerta o lo hará recordar, pero somos nosotros los que tendremos que llenar los espacios vacíos. Porque la gran cualidad de “Perfect days” es que no nos subestima ni intenta vendernos nada. O tal vez sí. Nos quiere vender de nuevo la vida, porque en ella están los libros y los árboles, las personas y las canciones que nos gustan. Y si eso está, ¿qué más necesitamos?

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