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Mientras el público del mundo decide si Digger, la última película de Alejandro González Iñárritu es la sátira inmisericorde que algunos dicen o el fiasco que otros auguran o ambas cosas al tiempo, tal vez sea mejor aprovechar los pocos días que seguramente estará en nuestras pantallas Palestina 36 para acercarnos a un momento histórico del que poco se habla pero que puede dar algunas luces sobre los hechos terribles que a diario las cadenas de noticias nos reportan desde la franja de Gaza y Oriente Medio.
Veremos en varios momentos de esta película que dirige con sensibilidad y a veces con algo de solemnidad impostada Annemarie Jacir, imágenes de archivo que han pasado por un proceso moderno de colorización y restauración, que nos muestran una realidad vibrante, llena de movimiento y de calles abarrotadas. Es el recurso que ha encontrado la directora para evadir las restricciones de su presupuesto y recrear la época en que ocurren los hechos que nos narra: la llegada de los primeros judíos europeos, expulsados por los vientos de intolerancia y antisemitismo que se respiraban en el Viejo Continente y la extrema permisividad del gobierno británico que, como había ocurrido en la India, pecó de soberbio y de “saber que era lo mejor” para los territorios donde ejercía autoridad política y militar, a los que menospreciaba culturalmente.
Como pasa tantas veces, el afán de Jacir por querer contarlo todo (la película intenta hablar del lugar de las mujeres en la sociedad palestina y en la árabe, de las motivaciones de los que decidieron tomar las armas, de los efectos de la violencia sobre los niños, de los juegos de poder de los árabes que simpatizaban con estos nuevos vecinos con recursos, de periodismo y burocracia y mil temas más) hace que la película parezca muchas veces la insinuación de una serie. ¡Cuánto más poderosa sería Palestina 36 si se concentrara en contarnos solamente dos historias y se enfocara en los personajes que el guion de la misma Jacir y Selma Dabbach les da a Hiam Abbass y Saleh Bakri! Cuando una película se equivoca en el casting de su protagonista, o en la elección de su personaje principal, al que claramente le falta el carisma necesario, termina avanzando a trompicones, dejando en el camino a los personajes con los que el público genera una conexión emocional más fuerte.
El resultado es, a pesar de lo dicho, lo suficientemente atractivo para que Palestina 36 nos conmueva y nos permita hacernos preguntas que nos ayudan a entender mejor los titulares. Porque podemos intentar analizar los conflictos a partir de las noticias y juzgar con dureza al bando que nos caiga peor, pero si no tenemos en cuenta la Historia, tenemos una vista incompleta del panorama. Aquí queda claro que a partir de la desidia y la falta de visión británica, el fanatismo de unos pocos y los intereses económicos de otros tantos, se sembró el caos y la desigualdad que hoy sólo trae dolor y crueldad a una región. Como sabemos todos, es casi imposible enderezar el tronco del árbol que sembramos torcido.