“Me odio”, dice Anna, la protagonista de “El recuerdo de Marnie”, poco después de que la conocemos. Lo dice porque ve a ese mundo que la rodea, esos compañeros con los que no tiene ningún interés común para compartir y a esos papás adoptivos que no se atreve a llamar familia, como vería un astronauta un planeta extraño. Tal vez por eso los dibuja con tanto detalle: para tratar de comprenderlos.
Si hay algún momento de la vida de las personas cuya “verdad” es más difícil captar en el cine, es la adolescencia. Porque falsear la adolescencia, es muy fácil. Hay cientos de películas que convierten esos años complejos en unas representaciones facilonas de “malos” y “buenos” en los pasillos de un colegio, y otras tantas, hechas con visiones un poco...