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Me quedé llorando por ella.
No pude hacer nada más que llorar por ella.
Dijo Chavela Vargas cuando perdió el amor, el abrazo, las palabras y la mágica existencia de su Frida Kahlo. Porque sí: esas dos existencias se pertenecían, como a uno le pertenece su casa, su cama, su almohada, su mascota o su propio corazón. Chavela se quedó llorando, como una llorona eterna.
La historia de amor entre estas dos mujeres empezó en los años cuarenta, en la época más machista del país de los meros meros machos: México. Se conocieron en una noche de fiesta en la Casa Azul de Coyoacán, la casa que Frida compartía con el también pintor Diego Rivera.
Chavela llegó invitada por un conocido. Era una fiesta que reunía al entorno artístico de Ciudad de México. Los ojos de ambas se cruzaron y, eclipsadas por la mirada de la otra, asintieron a la distancia mientras la algarabía de la fiesta seguía afuera. Pero en ellas quedó un silencio extraño, como si algo se hubiera detenido en el instante en que se vieron.
Disfrutaron de una noche de copas y miradas. Frida, impresionada por esa energía mística y por la extraña atracción que sentía, invitó a Chavela a quedarse a pasar la noche. Diego Rivera, su esposo, lo permitió.
Así fue.
Tiempo después conocimos una carta en la que Frida describía la sensación que tuvo al conocerla:
“Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana; es más, se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo, pero creo que es una mujer lo bastante liberal que, si me lo pide, no dudaría un segundo en desnudarme ante ella. Cuántas veces no se te antoja un acostón y ya. Ella, repito, es erótica. ¿Acaso es un regalo que el cielo me envía?”
Y no solo se quedó una noche. Pasó una temporada allí, en la Casa Azul del arte y del dolor, del olor a óleo y a sexo, de la poesía y la libertad. Chavela la llenó de música. La llenó de un romance encriptado y de un enamoramiento imposible.
Los tres vivían juntos. Compartían pinturas y canciones, aunque la presencia bonachona de Diego Rivera interrumpía esa pirotecnia apasionada que ellas vivían por dentro. Chavela no soportó compartir su amor con él y decidió irse de la Casa Azul. Pero la conexión emocional, pasional y artística perduró hasta la muerte de la pintora a sus 47 años en 1954.
Chavela Vargas dedicó algunas interpretaciones a Frida Kahlo, siendo “La Llorona” su tributo más emblemático y símbolo de ese amor. Otra canción clave fue “Paloma Negra”. Chavela solía cantar en la Casa Azul con una intensidad casi ritual, convirtiendo esas canciones en lamentos por un amor que nunca pudo ser del todo suyo.
Y quizá por eso, cuando uno escucha hoy a Chavela cantar, hay algo que duele distinto.
Como si en cada verso todavía estuviera buscando a Frida entre la sombra de las paredes, entre el humo de los tragos, entre los colores imposibles de sus cuadros.
Tal vez por eso su voz siempre suena como una herida abierta.
Porque hay amores que se terminan.
Pero hay otros que se quedan viviendo para siempre en una canción.