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Crónicas de un Fan Fatal: ¿Rap para gomelos?

hace 5 horas
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  • Crónicas de un Fan Fatal: ¿Rap para gomelos?

Este espacio en El Colombiano se llama “críticos”, pero lo confieso: no hay nadie que odie más a los críticos que yo mismo. Siempre he intentado escribir desde la opinión, desde las historias, no desde la superioridad del dedo acusador. Y justo por eso hoy quiero hablar de los críticos y de lo que generan.

Los hay de todo tipo: los que estudian para serlo, los que intentan sustentar sus análisis con teoría; pero también abundan los que opinan desde el ego, la envidia o el resentimiento, disfrazando caprichos personales de juicios universales. Y en la música, donde el arte debería tender puentes, los críticos muchas veces solo levantan muros.

Hace unos días, en redes sociales, se reavivó el debate sobre el rap de Medellín y, en especial, sobre la propuesta de Alcolirykoz. Cejaz Negraz, de la Crack Family de Bogotá, escribió: “Jajaja copia barata española. Muy baratos esos estilos reciclados...”

El comentario no sorprende: el rap, como otros géneros, ha vivido siempre de disputas internas, de “tiras” y “pullas”. Pero reducir la conversación a insultos es empobrecer un género que nació precisamente para denunciar, para visibilizar, para comunicar.

Y aquí viene lo fundamental: lo que ha hecho Alcolirykoz con su música es histórico. No solo han conquistado al público rapero, sino que han logrado lo impensable: que los escuchen punkeros, metaleros, rockeros y que incluso quienes nunca han puesto atención al rap tengan sus canciones en la playlist diaria. Esa transversalidad es una conquista cultural que debería celebrarse, no atacarse.

Alcolirykoz representa al barrio sin folclorizarlo ni venderlo. Han hecho de Medellín un personaje sonoro que respira en cada verso. Han construido un público fiel con una coherencia admirable: no se vendieron, no cambiaron su esencia para encajar, no dejaron de ser quienes son. Y, sin embargo, ahí están: llenando escenarios, vendiendo discos, generando comunidad. No son solo un grupo: son una familia que camina con los abuelos, los hijos y los nietos de un territorio entero.

En medio de la discusión, apareció un comentario que me llamó especialmente la atención: “rap de gomelos”. Y ahí recordé los tiempos en que la música se dividía entre “auténtica” y “vendida”, entre “de nosotros” y “de ellos”. Una época en que se creía que un género solo podía pertenecer a un grupo, a un barrio, a una clase social. Esa idea es, en sí misma, una traición al espíritu de la música. Porque la música, una vez creada, deja de ser del compositor y se convierte en propiedad de quien la escucha, de quien la necesita, de quien la convierte en refugio o bandera.

¿Rap para gomelos? No. Rap para todos. Para los que se sienten reflejados en sus letras y para los que solo lo bailan sin entenderlo; para el que nació en la loma y para el que estudia en la universidad; para el que se viste de Nike y para el que anda en sandalias. Porque si algo ha demostrado Alcolirykoz es que la música derriba las fronteras que los críticos insisten en levantar.

Y cierro con esto: la música no se hizo para dividir, sino para sumar. Si el rap colombiano quiere seguir creciendo, necesita menos odio y más colaboración; menos críticas huecas y más construcción. El rap no es de gomelos ni de barrios: es de quien lo cante con el corazón, de quien lo viva con coherencia. Y en eso, nos guste o no, Alcolirykoz ya se ganó la historia.

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