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Columnistas | PUBLICADO EL 19 octubre 2021

Una generación de gobiernos débiles

Por david e. santos gómezdavidsantos82@hotmail.com

El último tramo del segundo año de la pandemia empieza a darnos muestras de una realidad política latinoamericana bastante negativa. Al grito auspicioso —y apresurado— del fin de la crisis del covid-19, se le suma en las últimas semanas un comportamiento agitado de los presidentes de la región, deseosos por mostrarse activos, propositivos y motivados. La tormenta pasó, dicen, y ahora hay que reacomodar la casa. La realidad, sin embargo, es que, como hemos dicho ya un par de veces en este espacio, el virus coincidió, para nuestro infortunio, con una generación de dirigentes continentales de bajo calibre, débiles ante sus gobernados y muy limitados en su ejecución. Algunos dicen que temerosos y cautos. Yo prefiero etiquetarlos de anodinos.

Mediocridad, incluso, sería una etiqueta benévola. Porque los acusan de corruptos, en el caso del chileno Piñera, o de autoritarios, como Maduro, o de racistas, como Bolsonaro, o de tibios, como Alberto Fernández, o de incapaces y traicioneros, como le espetan a Iván Duque desde su mismo partido. Impopulares todos, no solo con sus respectivas oposiciones, sino también con aquellos que votaron por sus candidaturas.

Lejos de cumplir con las promesas lanzadas y las responsabilidades adquiridas, los personajes de las sillas presidenciales de hoy en América Latina presentan una debilidad pasmosa. Su evidente dificultad para llevar a cabo un gobierno efectivo quedó expuesta de plano cuando las urgencias más imperiosas aparecieron en marzo del año pasado y ahora, con el virus parcialmente bajo control, no pueden lograr la unidad de sus filas para la reconstrucción de las naciones. Las economías hechas trizas requieren de un liderazgo que no asoma.

Tras el falso optimismo, a todos se les nota agotados. Desesperanzados. Pareciera que el peso del ejecutivo los aplasta y por momentos asombran con gestos de deseo para terminar con sus funciones cuanto antes. Dirigir un país en tiempos normales ya requiere de un compromiso impensado y ellos, frágiles políticamente, tuvieron que hacerlo en medio de la peor crisis en décadas. No lo lograron. Fallaron y lo están pagando sus países.

La herencia de esta asombrosa debilidad será una pesadilla. Desde el descrédito de los partidos políticos a los que pertenecen los presidentes, pasando por la desilusión con el mismo sistema democrático, hasta el ascenso de discursos demagógicos que esperan las próximas elecciones para dar un zarpazo 

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