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Columnistas | PUBLICADO EL 01 octubre 2022

Un rubio
aprendiz de chamán

Si bien las plantas alucinógenas arrastraron a Plotkin a este lado del continente, las comunidades indígenas y su conocimiento infinito sobre las vegetaciones lo convirtieron en uno de sus principales defensores”.

Una de las piezas narrativas más conmovedoras sobre el valor descomunal de los pueblos indígenas en la preservación de la selva la escuché en los meses de la pandemia y la repetí hace unos días. En ella, Mark Plotkin, un etnobotánico de Nueva Orleans, que llegó a las selvas de la Guayana Francesa, Surinam, Venezuela, Brasil y Colombia, hace más de tres décadas, describe el embrujo que le produjo este paisaje desde que lo pisó en 1979, cuando hizo su primera excursión buscando una especie de cocodrilo en vía de extinción.

Plotkin cuenta su relación con este espacio de superlativa biodiversidad en uno de los episodios de su podcast llamado Plantas de los dioses (Plants of The Gods: The Life and Times of Richard Evans Schultes). Ese programa narrado lleva el mismo título del más célebre de los libros de Schultes, su mentor, y a quien debe su pasión por las plantas.

Mark Plotkin, a los 19 años, entró casi por accidente a una cátedra que daba Schultes en la Universidad de Harvard. Entonces trabajaba en la colección de herpetología del museo de zoología de esa misma escuela y como contraprestación lo dejaron tomar clases nocturnas. El legendario etnobotánico que había pasado catorce años en la selva, Schultes, le mostraría una diapositiva que lo hechizó. En ella aparecían tres hombres indígenas realizando una danza sagrada bajo la influencia de una poción alucinógena. Plotkin se imaginó a ese profesor puritano en la jungla, teniendo visiones con un psicodélico indígena, y quedó fascinado. “Me di cuenta de que los reptiles no podían salvar el mundo, pero las plantas sí”, lo dijo en una entrevista para la revista Life. Casi una década después, Plotkin publicó su libro más famoso, Cuentos de un aprendiz de chamán (Tales of a Shaman’s Apprentice) y sería su maestro e inspiración, Richard Evans Schultes, quien le haría el prólogo.

Si bien fueron las plantas alucinógenas las que arrastraron a Plotkin a este lado del continente, serían las comunidades indígenas y su conocimiento infinito sobre las vegetaciones las que lo convirtieron en uno de los principales defensores de las poblaciones que habitan nuestro territorio más verde y en una de las voces más importantes del mundo científico para ubicar a los chamanes, taitas y abuelos en el centro de la estrategia para la preservación de los bosques. Fundó el Equipo de Conservación del Amazonas, en el que trabaja con más de cien comunidades mapeando el territorio que nadie conoce mejor que ellos. Cada año recauda más de seis millones de dólares, que destina a buscar la titulación de hectáreas para los pueblos indígenas (más de 800.000 a la fecha), a crear la primera reserva de mujeres indígenas o para ampliar la protección de pueblos no contactados y sus territorios ancestrales. En su libro Plotkin dijo: “Cuando un occidental mira la jungla, ve verde, hierbas, enredaderas, arbustos, árboles. Cuando un indígena mira la selva, ve la vida” 

Adriana Correa Velásquez

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