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Un amigo consultor -sí, podemos ser amigos entre nosotros- me decía años atrás que había muchos libros sobre cómo ser un buen líder, pero ninguno sobre cómo ser un buen liderado y que algún día escribiría ese libro. Le escribo hoy a este amigo algunas ideas que me vienen a la cabeza para ver si por fin se anima a escribirlo, pues ya en la librería cercana a mi casa me miran como bicho raro cada mes que entro y pregunto por el bendito libro.
Y es que cada teoría nueva que surge sobre liderazgo le asigna más responsabilidades al líder, y parecería que se las quita al liderado. El líder debe definir el norte y las metas volantes, motivar a su gente para que realmente sienta propio ese destino, hacerle seguimiento al desempeño, desarrollar las personas a cargo y dar el ejemplo, entre muchas otras responsabilidades (el espacio es corto). ¿Y el liderado qué?
Nuestras culturas organizacionales han tenido una herencia de una cultura social paternalista, esto es, hay un papá y una mamá (los líderes). Así entonces, los liderados vienen siendo los hijos (pequeños, adolescentes o adultos mantenidos, no importa) y ya con eso el asunto se empieza a enredar. Los papás deben ver por sus hijos y en contraprestación, mientras estos estén en la casa de los papás no pueden ir en contra de su autoridad, deben obedecer. Los papás son los que saben y deciden, pero así y todo los hijos tienen más derechos que responsabilidades. Además, esas responsabilidades son menores: lavar los platos, ganar el año escolar, etc. Y eso ha marcado mucho cómo actúan los empleados con relación a su líder y a los retos de su equipo o empresa.
Un buen liderado, entonces, debe olvidarse de ese paradigma paternalista y empoderarse, asumir la responsabilidad propia sobre sus resultados y los del equipo al que pertenece. El buen liderado retroalimenta a su líder y es tan responsable del funcionamiento y éxito del equipo como el líder mismo. Se hace cargo de su propio desarrollo y ayuda a crecer a otros. Asume sus decisiones, aprende y enseña de sus errores. Es proactivo, no necesita un “jefe policía” detrás de él. Actúa más desde un propósito trascendente que por un indicador, consciente de que el indicador ayuda a mantener el rumbo. Se compromete con la empresa, entendiendo que la relación con ella es de mutua responsabilidad, confianza y beneficio.
Y con todo esto, seguro, el buen liderado llegará, si lo desea, a ser un buen líder, por consecuencia más que por objetivo; por influencia, más que por el poder; por coherencia más que por jerarquía.