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Columnistas | PUBLICADO EL 13 mayo 2021

Tercera vacuna

Por Óscar Domínguez Giraldooscardominguezg@outlook.com

Siempre he creído que el mejor cuarto de la casa es la calle. La habíamos perdido con el enclaustramiento que nos impuso la pandemia. Con el despelote de las manifestaciones, el regreso a ese Walhalla que es el pavimento está embolatado.

Como para los contrastes nos tenemos confianza, pasamos del silencio al bullicio de la rua, como dicen afrancesadamente los crucigramistas.

El asfalto se convirtió en la voz de los que no tienen voz, en rotativa que camina para gritar verdades.

Como estamos en mayo, es lícito que los manifestantes sean sensatos y sueñen imposibles. Ahora, si no consiguen imposibles, ojalá se contenten con los posibles.

Este proustático sujeto está contra la tierra arrasada. Y claro, contra la “manu militari” para silenciar voces que reclaman derechos.

Quienes protestamos dentro de las cuatro paredes, también soñamos imposibles: que las partes se apliquen las dos dosis de vacuna contra la violencia y lleguen a acuerdos.

La vacuna nos debe cobijar a todos porque el que esté libre de la arrogancia de creerse el dueño de la verdad, que tire la primera piedra. El “biológico” no hay que importarlo. Está en la farmacia que cada uno lleva en su corazón.

La vacuna para generar sensatez la podemos tomar prestada de Gandhi quien sacó a sombrerazos a los ingleses de la India con su política de la no violencia. Ahimsa le decimos los que hablamos sánscrito (así sea esa sola palabra, pero sánscrito es sánscrito).

El Mahatma, (= alma grande) resumía así su credo: renunciar a dañar a cualquier criatura viviente, en pensamiento o en acción.

En ese desorden que vivimos todos tienen la razón, como en los matrimonios descuadernados. También es un lugar común concluir que en estas coyunturas la verdad es la gran perdedora.

No pocos estamos a dieta de noticias. Eso sí, atentos a que el peor amigo o el mejor enemigo nos escriba o nos llame para decirnos: Aleluya, hubo acuerdo, se levantó el paro.

¿Quién podrá defendernos? A uno como escribidor de columnas, le gustaría sacarla del estadio y decir: Parceros, la solución pasa por aquí; y soltar la esquiva receta. Como no soy orientador sino más bien desorientador, apenas se me ocurre decir: la desesperanza es lo último que se pierde.

En el amor, la letra trillada de los boleros habla por los enamorados. Usted le dice a su amada: “Únicamente tú, eres el todo de mi ser”. Y se ahorra más cháchara.

Ante lo que está pasando siento lo que los especialistas en todo y en nada suelen llamar “dolor de patria” del que hablaban los centenaristas. (¿Sí serían ellos?).

Como esta nota me resultó con olor a camándula, producto de mi paso por el seminario, diría que nos queda la opción de las rogativas al Hacedor de estrellas para que termine sus vacaciones y nos dé una mano

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