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Columnistas | PUBLICADO EL 08 febrero 2015

“Te hablo desde la prisión”

Poroscar tulio lizcano g.oscartuliolizcano@hotmail.com

Hay una práctica delictiva que en los últimos años se ha agudizado hasta convertirse en un grave cáncer social. Buena parte de los colombianos hemos sido abrazados por la temeraria extorsión. Digo “hemos”, porque estoy siendo sometido a esta.

Comprendo ahora la terrible impotencia de tantos conciudadanos de bien. Es un drama para mí y mi familia, que espero pueda superar con el apoyo y acompañamiento solidario de las autoridades, pues de lo que estoy seguro es que no cederemos al chantaje. El amedrentamiento proviene de unos bandidos que según parece se encuentran en una cárcel —¡vaya paradoja!—.

Según he podido indagar, esta modalidad es más que frecuente. En el caso de Medellín, por ejemplo, el Grupo Antisecuestro y Antiextorsión de la Policía —Gaula— recibe diariamente un promedio de 10 denuncias ciudadanas. Éstas vinculan a reclusos que utilizan celulares y múltiples tarjetas SIM —que compran hasta por dos mil pesos—, para así cambiar fácilmente de número de contacto y evitar ser identificados por las autoridades.

Hace poco el Gaula Metropolitano, que viene realizando una excelente labor, asestó un duro golpe a algunos presos que se dedicaban a este tipo de extorsión y contaban con la complicidad de guardianes del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario —Inpec—, situación que corrobora los niveles de corrupción dentro de esa institución.

Obtienen los números de sus víctimas de bases de datos o directorios telefónicos y luego hacen las llamadas, afirmando ser integrantes de alguna ‘bacrim’ y ocultando su condición de presidiarios. En su primer contacto exigen municiones y dotación militar, pero dado que las víctimas manifiestan su dificultad para conseguir esto, los delincuentes piden dinero. Tras más llamadas amenazantes, dan un nombre y un número de cédula, para que se les gire la suma a través de Efecty o Servientrega. En Marmato, Caldas, fueron varios los maestros que cayeron.

Ya mi familia había sido víctima de estos bandidos. Durante mi secuestro, mi esposa recibió una llamada dizque del Secretariado de las Farc. Le exigían 5 millones de pesos para comprar Glucantime, un medicamento para la leishmaniosis y controlado por el Ejército, que supuestamente yo necesitaba porque estaba muy grave. Mi esposa se asustó y pidió que le pasaran a Raúl Reyes. Escuchó su voz al otro lado de la bocina, pero en realidad era un impostor. Marta estuvo a punto de ceder, pero con el apoyo del Gaula descubrió que la llamada provenía de la cárcel Picaleña, de Ibagué. El extorsionista era un periodista que la había entrevistado meses antes y había sido detenido por rebelión.

Hace poco, en una pesquisa en la cárcel de Barbosa, Antioquia, que alberga a 35 reclusos, las autoridades encontraron 19 celulares de alta y mediana gama, 22 tarjetas SIM y 25 tarjetas micro SD. ¿Cómo es que los guardianes y la dirección de esta cárcel, no se enteraron antes de la situación? El Gobierno se ha propuesto descongestionar las prisiones del país, en las que hay casi 115 mil reos, con un hacinamiento del 46 por ciento. El reto es abrumador, porque si las cárceles, supuestos centros de resocialización y justicia, se han convertido en cómodas madrigueras para que delincuentes planeen y ejecuten prácticas criminales, qué diremos de lo que pueden hacer afuera.

Mientras tanto, a muchos colombianos nos seguirá embargando el pánico cada que escuchemos el timbre de nuestro celular.

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