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Columnistas | PUBLICADO EL 22 julio 2022

Sembrando esperanza

Lo que sí debe entender el gobierno entrante es que con la victoria electoral no ha recibido un cheque en blanco, sino un listado de necesidades aglutinadas sobre el denominador común de la esperanza.

Por Henry Medina Uribe - medina.henry@gmail.com

Interesante y significativo que en el mes transcurrido con posterioridad a la elección presidencial la opinión pública favorable al presidente electo haya crecido por encima del 60 %; debido, en parte, a que ha disminuido el temor de convertirnos en una nueva Venezuela; en parte, por el acierto en los nombres que, ya se sabe, harán parte del alto gobierno central, y también por la reacción de los partidos políticos a la propuesta del presidente electo de construir un acuerdo nacional para superar los problemas y amenazas actuales. En mi lectura, el miedo tiende a bajar. Habrá que esperar a que transcurran los primeros cien días de gobierno para tener un primer balance de prueba sobre los que nos espera.

Por ahora, el sentimiento reinante es la expectativa, en medio de la controversia sobre la conveniencia de acelerar el cambio considerado justo y necesario, y aceptar los niveles de riesgo que ello implica, o continuar con la evolución lenta que dicta el entorno. Parece primar la esperanza de lograr lo que se ha buscado infructuosamente durante décadas, actuando dentro del respeto de la propiedad privada de los medios de producción y de la libertad de mercado.

Lo que sí debe entender el gobierno entrante es que con la victoria electoral no ha recibido un cheque en blanco, sino un listado de necesidades aglutinadas sobre el denominador común de la esperanza, acompañada del cansancio con la polarización, con la corrupción rampante en el manejo del erario, con la injusticia y con la inseguridad pública. En síntesis, la sociedad reclama un Estado más actuante, eficiente y eficaz.

En tal sentido, no hay duda sobre la necesidad de reformas estructurales en la tributación, la tenencia y uso del suelo, la justicia y el control del delito, el sistema educativo, las maneras de hacer política y la eficacia de los instrumentos de seguridad y defensa. Todo ello deberá mirarse a través del prisma de la conveniencia o utilidad de la idea, factibilidad en cuanto a medios financieros y tecnológicos y viabilidad o conducencia al fin buscado. El reto es saber pasar de la retórica a los resultados.

Una de las necesidades prioritarias está en lo pertinente a la seguridad y la defensa nacionales. Allí no cabe margen de error, por lo que la decisión sobre el próximo ministro de Defensa resulta crucial. Necesitamos una persona acrisolada, capaz de poner los intereses de la nación por encima de sus apetencias personales, con conocimientos suficientes sobre las evoluciones en materia de seguridad y conciencia clara sobre el cambio institucional necesario. Es, además, muy importante que tenga las condiciones de liderazgo necesarias para hacer equipo con el mando militar y lograr contagiar e impregnar a la organización de sus convicciones.

El nuevo ministro recibirá la dirección de la institución más querida por la sociedad colombiana y esencial en la defensa de los principios democráticos. Por ello, el compromiso institucional será fundamental en la construcción de la nación que anhelamos y el perfil del nuevo ministro resultará determinante 

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