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Columnistas | PUBLICADO EL 17 septiembre 2021

NO MÁS EQUIVOCACIONES EN LAS URNAS

Por Henry Medinamedina.henry@gmail.com

La situación de Latinoamérica y la de Colombia, en particular, son preocupantes desde la óptica de su futuro democrático. En este gobierno, con el sol a las espaldas, lo que nos queda es pensar en proteger nuestras instituciones y en acompañar el proceso para elegir el año entrante a nuevos representantes dentro de los poderes ejecutivo y legislativo. Ello quiere decir que se avecinan días cruciales para nuestro destino.

Eduardo Pizarro, en un interesante artículo publicado en la última edición de la revista Foros, titulado “La democracia en Colombia ¿bajo cuidados intensivos?”, nos invita a leer el libro Cómo mueren las democracias, escrito por los profesores norteamericanos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, para luego concluir con algo de su propia cosecha: “Lo deseable es que Colombia logre superar los factores que están alimentando la polarización y los riesgos inmanentes de una fractura nacional mediante un nuevo liderazgo político que tenga la capacidad no de dividir, sino de construir consensos nacionales fundados en un programa de convergencia democrática”. Con ello está sugiriendo el perfil de la persona que debe regir los destinos de la nación en el cuatrienio 2022-2026.

Abordando la lectura recomendada, los autores nos hablan de cuatro factores de riesgo para la democracia, que, traídos a nuestra realidad y la de nuestros precandidatos, nos muestran ciertas similitudes: 1. Rechazo o débil aceptación de las reglas que rigen la democracia; 2. Negación de la legitimidad de los adversarios políticos; 3. Tolerancia de la violencia; 4. Predisposición a reprimir las libertades civiles de la oposición. Entre las decenas de candidatos a la presidencia, son varios los que no pasan este filtro.

De otra parte, el debilitamiento de los partidos políticos, la crisis económica, el estallido social, la creciente incidencia de las redes sociales, influenciadas por la posverdad y nuevas formas de participación ciudadana y aunadas al “multipartidismo difuso y la polarización política”, hacen más complejo el proceso de selección del mejor candidato y obligan a mayor análisis por parte del elector, así como a mayor racionalidad en su proceso de toma de decisiones. Todo ello para no equivocarnos una vez más.

El tema se hace más complejo si le adicionamos la desconfianza que nuestra sociedad tiene en sus instituciones, entre ellas el gobierno y las estructuras de seguridad. Solo uno de cada tres ciudadanos cree en el gobierno y la favorabilidad de la Fuerza Pública está por debajo de lo acostumbrado durante los últimos cincuenta años. Ello acrecienta la necesidad de buscar fuerzas políticas comprometidas con el cambio, la convergencia de programas y la solución pacifica de conflictos.

Ese proceso de análisis debe contemplar la inconveniencia de liderazgos egocéntricos, mesiánicos, populistas o polarizantes, bien sean de derecha o de izquierda. Pero lo más importante es revertir la tendencia perversa dentro de nuestra realidad nacional: la política no puede ser camino expedito al enriquecimiento ilícito e impune.

Durante más de medio siglo estuvimos conteniendo la subversión con la fuerza de las armas; ahora debemos aprender a gestionar la conflictividad social mediante la fuerza de la palabra, venciendo dialógicamente a la polarización, el odio y la sed de venganza, en beneficio de la institucionalidad y la democracia. Es el momento de la concordia, la racionalidad, en función de la dignidad y el bien común. Pasemos de dividir a multiplicar, como un requisito para no seguir equivocándonos

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