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El ritmo que nos une

Un liderazgo grande no esquiva otros liderazgos fuertes. Sabe que es allí donde se prueba la consistencia de las ideas y la fortaleza del carácter.

hace 1 hora
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  • El ritmo que nos une
  • El ritmo que nos une

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Don Nicolás Gómez Dávila dejó escrito un escolio que resume con precisión la mejor lección sobre la vida pública. “No es entre pequeños en donde nos sentimos grandes, es a la luz de los grandes en donde nos sentimos crecer”. La frase, contundente, supone una verdad que conviene recordar en momentos decisivos para un país. La grandeza no surge de compararse con débiles, ni de rodearse de mediocres para parecer más alto. Surge cuando uno decide medirse con quienes tienen talla y carácter.

La política democrática debería obedecer a ese mismo principio. Los grandes liderazgos no se construyen esquivando rivales fuertes. Se consolidan cuando las ideas se ponen a prueba frente a quienes también tienen preparación, visión y experiencia. Cuando los mejores se enfrentan, el debate se vuelve más serio, los argumentos se afinan y los ciudadanos pueden escoger con claridad.

Sin embargo, en la vida política existe una tentación constante. La de reducir el tamaño del escenario para parecer más grande. Esa atracción por buscar impedir que surjan figuras sólidas que puedan competir, prefiriendo un campo de juego donde el debate se facilite. Ese camino puede ofrecer ventajas pasajeras, pero empobrece la democracia. Las sociedades libres prosperan cuando los liderazgos se miden entre sí con respeto y firmeza. Cuando hay confrontación de ideas, cuando las propuestas se examinan con rigor y cuando los dirigentes demuestran su carácter frente a adversarios capaces. De esa competencia nacen las mejores decisiones colectivas.

Ahora que todos estamos en modo Mundial, el fútbol ofrece una imagen sencilla para entenderlo. Cada cuatro años los equipos más fuertes del planeta se enfrentan en una competencia que precisamente tiene valor porque reúne a los mejores. Nadie celebraría un campeonato en el que un equipo buscara excluir a las grandes selecciones para quedarse solo con rivales débiles. Nadie consideraría legítimo un título obtenido evitando jugar contra los mejores.

La grandeza de un campeón consiste en lo contrario. En haber enfrentado a los rivales más difíciles y haber demostrado su capacidad en el campo. El trofeo vale porque el camino fue exigente. Imagínese a Argentina pidiéndole a la Conmebol que saque a Brasil para asegurar que solo la Albiceleste pueda competir con las selecciones Europeas y ganar más fácil.... Absurdo, ¿no?

Un liderazgo grande no esquiva otros liderazgos fuertes. Sabe que es allí donde se prueba la consistencia de las ideas y la fortaleza del carácter. Y sabe también que el país gana cuando puede comparar proyectos serios para decidir su futuro. Colombia necesita hoy justamente eso. No escenarios reducidos donde la política se convierta en una disputa menor, sino dirigentes capaces de sostener debates de altura, confrontar ideas y demostrar ante el país quién es el mejor para conducirlo.

Por eso la Gran Consulta es tan importante. Es el momento de abrir el escenario para que los liderazgos más fuertes se midan. De esa confrontación saldrá la mejor opción para guiar los destinos de Colombia durante los próximos cuatro años. Unos crecerán, otros se harán irrelevantes, pero, sobre todo, sumaremos a quienes terminan apoyando al que muestra fuerza (que en los partidos tradicionales de Colombia, pululan).

En política no hay derechos adquiridos hasta que se ganen en las urnas. Es nuestra responsabilidad como ciudadanos propiciar ese debate amplio y democrático y llegar reforzados a enfrentar el modelo destructivo del petrocepedismo en primera vuelta..

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