Pico y Placa Medellín
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En la vetusta ciudad se construye futuro, sin renunciar al pasado, a través de la universidad, liceos, museos y centros de pensamiento.
Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co
Santa Fe de Antioquia perdió hace 200 años su título de capital de la provincia. Ya había comenzado la decadencia en su economía y, paralelamente, el crecimiento de Medellín anunciaba el desenlace. Esta tenía como una de sus grandes ventajas comparativas su clima primaveral. Además, Juan del Corral, luego de consagrar desde Santa Fe en 1813 –con José María Hortíz y José Manuel Restrepo– la independencia antioqueña de España, la había dejado para venirse a vivir a Rionegro. La estocada final se la dio el gobernador Urreta, quien se enamoró ardorosamente de una dama medellinense y ésta le puso como condición para ser su esposa, que se viniera a vivir a la hoy capital paisa. Obró en consecuencia el señor Urreta alzándose con el santo y la limosna, después de obtener de Francisco de Paula Santander el beneplácito para el traslado de la capital. Se cumplió la sentencia de un amigo socarrón que sostiene que, generalmente, detrás de todo conflicto humano hay de por medio una definitoria cama de amantes.
Santa Fe de Antioquia ha sido una tierra que ha pasado por dificultades en su vida civil, política, religiosa. Años después de perder el título de capital de la provincia, le decapitaron parte de la mitra episcopal que desde 1804 lucía, obispado creado por Pío VII, siendo su primer jerarca Fray Mariano García y Orjuela, amigo de Bolívar y Santander. Al romperse la unidad de la diócesis, Santa Fe de Antioquia cerró la catedral, con un estoicismo edificante. Se recogió pudorosa, a asimilar la injusticia. Guardó celosamente sus custodias y joyas que fueron reclamadas por la autoridad religiosa de Medellín. Pero con escrituras a la mano se resistió a cederlas, puesto que la propiedad no era eclesial sino civil. Así lo quiso, desde que financió y levantó su catedral, el patriarca Juan Esteban Martínez y Ferreiro. Solo a mediados del siglo XX se le restauró a plenitud su sede episcopal, hoy ya arzobispado. La preponderancia civil, administrativa, política, sí fue irrecuperable.
La reconocida como Ciudad Madre es centro de turismo con sus calles empedradas, por las cuales transitaron la Conquista, la Colonia, la República. Realzan su arquitectura colonial sus iglesias, sus casonas solariegas en donde parecen oírse los ecos de voces del pasado. Su Semana Santa es de las más bellas del país. Se levantan en sus afueras condominios, fincas de recreo. Edificaciones modernas sin violar las reglas que protegen su pasado histórico. Está conectada a Medellín por moderna vía de doble calzada que atraviesa dos túneles. En sus goteras está el puente colgante sobre el río Cauca, maravilla de la ingeniería de la época.
En la vetusta ciudad se construye futuro, sin renunciar al pasado, a través de la Universidad, liceos, museos y centros de pensamiento. Sobresale en la cultura, en las artes con maestros de la orfebrería que manejan con manos geniales el metal que le arroja a sus pies el río Cauca. Una ciudad, en fin, que perdió la corona de capital pero no abdicó. Y supo recogerse en sus silencios para asumir con altivez los desafíos de la modernidad.