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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
El tema del combustible genera un efecto dominó en la economía. Cuando sube el transporte, suben todos los precios y la inflación acecha por todos lados.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
Los bombardeos ucranianos golpearon a Rusia con una fuerza descomunal en las últimas semanas. No hay noche que pase sin explosiones en las grandes ciudades de la potencia. Los drones atacan edificios y carreteras, pero se han concentrado, principalmente, en la infraestructura energética y en las refinerías petroleras que abastecen a las ciudades más pobladas, entre ellas, por supuesto, Moscú. Los días de junio y julio han encadenado un rosario de ataques significativos que incluyen también a los puertos, algunos a distancias tan lejanas como los tres mil kilómetros del frente de batalla. Los drones, de largo alcance, no han podido ser detenidos. O al menos no todos. El Kremlin asegura que son miles las aeronaves no tripuladas interceptadas, pero bastan unas cuantas para que el daño sea inmenso.
Con los golpes al abastecimiento energético de las principales ciudades, los rusos sienten una guerra distinta. El conflicto dejó de ser un choque en la frontera occidental, que se lee en los diarios o se ve en las redes, para tocar los bolsillos de la gente del común. La paciencia se agota. Las oleadas de ataques ucranianos a las refinerías, puertos y plantas, empiezan a dejar la postal de enormes filas de carros en las gasolinerías que, ante la escasez, se demoran horas para poder llenar sus tanques. La gente, poco acostumbrada a ser crítica con su gobierno, se empieza a quejar.
Si la gran capital, rica y custodiada, no tiene garantizado el suministro de gasolina o diésel, qué se puede esperar de poblados más pequeños. Lo que aumenta la rabia es el reconocimiento de que esto sucede en uno de los países con mayor producción de petróleo del mundo. Con los centros petroleros en llamas, el costo del conflicto, monetario y político, se ha disparado.
El tema del combustible, además, genera un efecto dominó en toda la economía. Cuando sube el transporte suben todos los precios y la inflación acecha por todos lados. El miedo a una desaceleración económica es un dolor de cabeza extra para Putin que aún se muestra convencido de ganar el conflicto. Ucrania espera que su enjambre de drones obligue a Rusia a bajar las expectativas y a negociar un acuerdo de paz menos agresivo contra Kiev.
En la compleja reunión de la Otan celebrada la semana pasada en Turquía (y ese será otro tema para otra columna por el resquebrajamiento brutal de la Organización y los pañitos de agua tibia de los europeos a las quejas de Washington) Donald Trump y Volodimir Zelensky se sentaron en una bilateral pública para mostrar buenos lazos. En un momento, frente a las cámaras de la prensa mundial, el estadounidense le propuso al ucraniano ir a Moscú para una reunión a tres bandas con Putin. El ucraniano, con ironía, le respondió: “No sé presidente, es peligroso ir allí en este momento. Hay demasiados drones ucranianos”. De ese nivel es la confianza de la arremetida.
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.