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El Estado no es él

El país debe reconocer realmente cuánto dinero fue a los bolsillos de los compadres del régimen, y cuánto se fue por las alcantarillas de la corrupción.

hace 1 hora
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  • El Estado no es él

Por Alberto Velásquez Martínez - opinion@elcolombiano.com.co

La resistencia caprichosa del presidente Petro para reconocer a De la Espriella como presidente electo, ha dificultado el empalme entre la administración saliente y la entrante para medir la situación nacional. Un Estado que no conozca su realidad en todos los frentes de desarrollo, es una organización etérea. El contralor general de la República ha recordado la obligación de rendir cuentas, porque “el Estado no puede empezar de cero cada cuatro años”. Se requiere una transición responsable, con una información seria dada por el Gobierno que sale al que entra, en donde se especifique con transparencia qué arroja la contabilidad oficial.

Los delegados del nuevo presidente sostienen que mientras Petro no reconozca la legitimidad de la elección del Tigre, no se sentarán a analizar el estado general de la Nación. Ya las Fuerzas Militares por boca de su ministro de Defensa –seguro con respaldo de la cúpula– han reconocido al nuevo Gobierno. Esta decisión estropea los temerarios planes petristas de desconocer los mandatos constitucionales. Alucinado, persiste en la narrativa del fraude sólo para justificar la movilización de sus bochinchosas “primeras líneas”.

El empalme está suspendido. Y en paralelo, brotan las especulaciones en torno a las cifras en rojo que dejará este mandato al sucesor, como consecuencia de desfalcos, despilfarros, corrupción, que realmente son muchos y por mucho dinero, y que la imaginación de los colombianos multiplica en cifras astronómicas. Ahí sí que se confunden la realidad con la ficción. El país debe reconocer realmente cuánto dinero fue a bolsillos de los compadres del régimen, y cuánto se fue por las alcantarillas de la corrupción. Sin empalme, las especulaciones se avivan y las exageraciones estimulan las hipérboles.

Hay que precisar, cuantificando los daños a través de un empalme serio, las actividades que están en la insolvencia o punto de caer en ella, y las que ya están en la quiebra. ¿Cuántas son en realidad las pérdidas en la salud? ¿En cuánto va el déficit fiscal –que, según The Economist, será este año el tercero más alto del mundo–, la deuda interna y externa? ¿Lo daños materiales en la UNGRD a cuánto ascienden? ¿Cuál es el estado de la reforma agraria y de las obras públicas? ¿Qué hay de Ecopetrol? ¿En qué rincón quedaron los programas sociales? ¿Cuántas áreas cultivadas hay de coca y en qué está la minería ilegal? ¿Qué tan precisos son los cálculos de las entidades de gran solvencia académica en cuanto a los déficits? Por ello urge conocerse el real estado de la Nación y ese balance solo se logra con un riguroso empalme, con cifras a la mano y con una contraparte que sepa afirmar o contradecir los números oficiales. Una opinión pública no puede ejercer su papel fiscalizador sin suficientes y veraces elementos de juicio para hacer el debate nacional.

“Los gobiernos terminan pero el Estado continúa”, dice el contralor, para justificar el empalme. Pero en Colombia hay presidentes arrogantes para gobernar que, como Luis XIV, creen también que el Estado son ellos, para no rendir cuentas.

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