Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
El mensaje que recibe la ciudadanía vuelve a ser el mismo, en Colombia los apellidos siguen pesando.
Por Camilo Quintero Giraldo - @camideambiente
Desde el célebre Caso Handel, que estremeció al gobierno de Alfonso López Pumarejo en 1943 por cuestionamientos sobre el favorecimiento a su hijo, Alfonso López Michelsen, Colombia ha convivido con una vieja enfermedad política, la tentación de convertir el poder público en asunto de familia.
Transparencia por Colombia define el nepotismo como “una forma de favoritismo basada en relaciones familiares o de cercanía, mediante la cual una persona con poder utiliza su autoridad para beneficiar a familiares o allegados, sin que necesariamente prevalezca el mérito o la idoneidad”. Es una práctica que erosiona la confianza ciudadana, alimenta la corrupción, desincentiva el mérito y les cierra las puertas a miles de personas que se preparan para servir al Estado.
Durante el gobierno de Gustavo Petro, el trillado discurso del cambio terminó acompañado por cuestionados nombramientos de personas cercanas a altos funcionarios. Entre ellos, la designación de Beatriz Eugenia Gómez en la Superintendencia Nacional de Salud, siendo pareja del ministro Guillermo Jaramillo; la de Claudia Liliana Cortés, esposa del exministro de Hacienda Ricardo Bonilla, al frente de la Unidad de Tierras y Usos Agropecuarios; o la de Luz Dana Leal en la Dirección de Empleo, Trabajo y Emprendimiento del SENA, mientras su esposo, el prófugo Carlos Ramón González, ejercía uno de los mayores niveles de influencia dentro del Gobierno. En la Presidencia que termina no hubo el cambio prometido. El parentesco, el servilismo y el clientelismo continuaron pesando en las decisiones y en los nombramientos.
Lo grave es que la historia parece repetirse. A pocos días de iniciar el gobierno de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo ya surgieron interrogantes por designaciones marcadas por relaciones familiares y no por mérito. La llegada de Juliana Gutiérrez al Ministerio del Deporte, siendo hermana del alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez; el nombramiento de Miguel Gómez Martínez en el Ministerio de Hacienda, mientras su hermano Enrique será senador y su sobrino Nicolás Gomez asumirá la Jefatura de Gabinete; o el papel de Carlos Alonso Lucio en la coordinación del empalme, siendo esposo de la cuestionada ministra designada de Educación, Viviane Morales. El mensaje que recibe la ciudadanía vuelve a ser el mismo, en Colombia los apellidos siguen pesando. Llegaron los de siempre, no los nunca al poder.
Cuando el parentesco y el clientelismo vale más que el mérito, el estado deja de pertenecer a todos para convertirse en el patrimonio de unos pocos. Y las oportunidades dejan de distribuirse por capacidades para empezar a heredarse por cercanía familiar o clientelista. La democracia colombiana necesita alternancia, renovación y servidores públicos elegidos por sus capacidades, no por sus conexiones familiares. Gobernar exige rodearse de los mejores.
El nepotismo no sólo debilita la confianza en las instituciones. También desincentiva el mérito, empobrece el servicio público y envía un mensaje devastador a millones de colombianos que estudian, trabajan y se preparan para servir: que el esfuerzo puede valer menos que un apellido o un parentesco con quienes detentan el poder.