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Columnistas | PUBLICADO EL 12 marzo 2019

Los policías

Por ana cristina aristizábal uribeanacauribe@gmail.com

No se entiende muy bien lo que algunos miembros de la Policía están haciendo últimamente. El sábado estuve hablando con un señor que trabaja como ventero en el centro, en las dos bellas cuadras de la renovada carrera Bolívar (es lo más divino que tiene el centro de Medellín en este momento), y me decía: “No entiende uno a los policías: allí –y señala hacia la esquina- había un señor echándole comida a las palomas, pero los de espacio público le pusieron problema y como el hombre no aceptó las razones para no alimentar las aves “que también tienen derecho a comer”, le echaron a los policías encima, que le pegaron una muenda tremenda. A ese sí le ponen problema. Pero ve uno a los mariguaneros en aquellas bancas sentados echando vicio y a los ladrones que todos conocemos y a esos sí no les ponen problema”.

Ni el ventero los entiende ni yo tampoco, y últimamente cada vez menos, en Colombia. La Policía está en mora, no de hacer una campaña publicitaria, que sería gastarse millones indebidamente, sino en mejorar la selección de los policías que van a la calle y capacitarlos en la aplicación justa y equilibrada de la norma. No es que no apliquen el Código de Policía vigente (y eso que habría que mirar el cómo de esa aplicación), sino que actúen de manera equilibrada y equitativa con todos; pues la imagen que se tiene es que mientras los delincuentes campean a sus anchas, la fuerza policial se aplica a ciudadanos que tratan de sobrevivir vendiendo alguna cosa en la calle, en un país que no ofrece estabilidad laboral justa y permanente para todos.

Yo no sé si el sentido común pueda enseñarse, formarse, desarrollarse, impulsarse, pero algo habrá qué hacer, porque el ciudadano está cada vez más decepcionado con el trabajo de ciertos policías a los que, desafortunadamente, ya no se ven como gente en quién confiar, sino como personas que en cualquier momento actúan arbitrariamente sobrepasándose en el uso desmedido de la fuerza.

Todos sabemos y entendemos que a un delincuente no se le detiene con un “por favor estire las manos que lo vamos a esposar”; pero, sobre una persona que está en la calle alimentando palomas, vendiendo mango en bolsitas, empanadas, etc. el tratamiento tiene que ser diferente.

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