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Columnistas | PUBLICADO EL 28 octubre 2021

Los golpes de El Canelo

Por JORGE RAMOSredaccion@elcolombiano.com.co

No me quería pelear con El Canelo. Bueno, la verdad, nadie se quiere pelear con Saúl El Canelo Álvarez. A menos, claro, que le paguen muchos millones de dólares —como a Caleb Plant, con quien se enfrentará el 6 de noviembre en Las Vegas—.

Y, aun así, no; nadie quiere recibir sus golpes. Su jab de derecha y su gancho de izquierda son legendarios. Inolvidables. Destructores.

Yo quería entender a El Canelo, no pelearme con él.

Hacía mucho tiempo que estaba buscando entrevistar a este boxeador, que ha ganado 56 peleas (38 de ellas por nocaut). Solo ha perdido una, en el 2013, cuando El Canelo era muy joven y Floyd Mayweather estaba en el pico de su carrera. “No lo tomo como una derrota”, me dijo desde su gimnasio en San Diego, California, antes de un entrenamiento. “La verdad, lo tomo como un aprendizaje; estaba muy chico, tenía muy poca experiencia”.

Hoy El Canelo —pelirrojo y de piel blanquísima, innecesario preguntarle sobre su apodo— está en otro momento. Es, sin duda, uno de los mejores boxeadores del planeta. El mejor, aseguran sus fans. Y parece que lo tiene todo: dinero, familia, salud y reputación intacta.

“¿Qué te falta?”, le pregunto, “¿por qué sigues peleando?”. No lo pensó mucho. “Amo el boxeo, amo lo que hago”, me dijo. “Yo soy una persona que, si voy a hacer algo, lo voy a hacer al cien por ciento. Si no, mejor no lo hago”.

Pero el peligro sigue ahí. Y le recuerdo las graves secuelas mentales que el boxeo dejó en uno de los grandes, Mohammad Ali. “No piensas en eso”, reflexionó. “Solo Dios sabe lo que te puede pasar arriba de un cuadrilátero”.

Y luego me soltó un secreto. “Yo siempre me despido de mi familia antes de cada pelea porque uno no sabe si va a bajar o no. Pero, al final de cuentas, lo que les digo es que no se preocupen, que voy a morir feliz porque es lo que amo”.

No siempre fue así. Como el menor de siete hermanos y una hermana, alguna vez tuvo que vender paletas y helados en camiones en Guadalajara, donde nació. Pero pronto se dio cuenta de que pelear era más fácil que vender paletas y daba más dinero.

Pero ¿hay el temor de perderlo todo? “No me da miedo”, me dijo. “Pero me preocupo por el bienestar en el futuro porque ha sido la historia de siempre... en especial en el boxeo: tienen mucho y al final se quedan sin nada...”.

Insisto un poco más. “¿Cuál es su filosofía al respecto del dinero, particularmente cuando se tuvo tan poco de niño?”. “Para todo hay momento, para todo hay tiempo, para todo hay cosas”, me explica. “Y creo que debes de darte tus gustos porque para eso trabajas ¿no? Si se te antoja comprarte un carro o un reloj, pues puedes hacerlo ¿no?”.

Entre sus lujos está el jugar golf. Pero, como casi todo lo que hace El Canelo, esto es más que un hobby. Hace cuatro años pensaba que iba “a ser muy aburrido, ya para gente más grande”. Pero un amigo lo llevó a jugar un día y se ha vuelto “algo adictivo”. “Para mí es otra pasión muy grande”.

El Canelo vive muy cerca de la frontera con México, pero aún del lado estadounidense. “¿Qué te preocupa de México?”. “Más que nada, la inseguridad”, aseveró. “¿Te sientes seguro allí?”. “Yo, en lo personal, sí. Pero sí se siente un poco raro. Se siente una vibra un poco rara. Me siento seguro, pero no me siento a gusto”.

“¿Qué es lo que lo distingue de otros boxeadores?”. “La disciplina, las ganas de seguir aprendiendo día con día... No soy una persona conformista. Siempre quiero más. Quiero aprender más. Quiero seguir ganando títulos. Quiero seguir haciendo historia”.

A los 31 años, ¿es momento de pensar en el retiro? Todavía no. “Me siento en mi mejor momento”, me dijo. “Yo pienso siete años más en el boxeo y a lo mejor se termina para mí... Uno nunca sabe”.

Lo que sí sabemos es que El Canelo pelea dentro de unos días y Caleb Plant ya sabe con quién está metiéndose. Los golpes de El Canelo siempre dejan huella 

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