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Columnistas | PUBLICADO EL 10 junio 2015

Lobos en la calle

Porarturo guerreroarturoguerreror@gmail.com

Una nueva plaga asquea a Colombia, el linchamiento. Suele definirse como justicia por mano propia. Nada más errado. La que lincha es la masa, y las manos de la masa no son de nadie porque son de todos. Por eso cada cual asesta un golpe, ignorando si su brazo fue el determinante de la muerte. Entonces todos se sienten inocentes.

La insidia del linchamiento es, pues, la absolución general de los homicidas. Elías Canetti, en su obra fundamental ‘Masa y poder’, describe así el momento: “todos quieren participar, todos golpean... Todos los brazos salen como de una misma criatura... La víctima ha sido entregada para que la aniquilen. Ese es su destino, y nadie deberá temer sanción alguna por su muerte”.

Para este oficio siniestro, igual que para la caza, “los hombres aprendieron de los lobos” que acechan en manadas de animales. “Este crimen permitido -agrega Canetti- sustituye a todos los crímenes de los que uno debe abstenerse y por cuya ejecución cabría temer duras penas. Para la gran mayoría de los hombres, un asesinato sin riesgo, tolerado, estimulado y compartido con muchos otros resulta irresistible”.

Ausencia de castigo, sumada a condescendencia y estímulo de parte de una sociedad, y complicidad cerrada, constituyen combustible para el linchamiento. El Nobel búlgaro de literatura añade “una supresión de la justicia. El acusado es juzgado indigno de ella: ha de sucumbir como un animal”. En síntesis, “es la comunidad entera la que mata”.

El linchamiento, iniciado con este nombre durante la guerra de independencia norteamericana, parecía extinguido o confinado a zonas incógnitas de las montañas andinas. Resurge ahora en nuestras ciudades, en barrios conocidos, a manera de anacronismo. De tiempos de lobos, este enardecido asesinato sin cara ubica al país varios siglos atrás de la civilización.

Equivale a que hubieran regresado la Casa Arana, el infanticidio, las mutilaciones, los sacrificios humanos. Aunque bien vistas las cosas, estas monstruosidades serían igualmente derivaciones contemporáneas de nuestra guerra consuetudinaria. Linchar a ladrones o violadores señala una familiaridad callejera con las comarcas de la muerte aleve.

La guerra nos ha acostumbrado de modo irresistible a los crímenes de los que uno debe abstenerse. Nos ha juntado con lobos.

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