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Columnistas | PUBLICADO EL 14 noviembre 2022

La persona que salvó al mundo

Espero que algo similar le suceda a Putin con su hasta ahora fallida toma de Ucrania, porque la historia suele repetirse, en especial la rusa que solo tiene éxito conquistando tierras sin gente.

Por Juan David Escobar Valencia - redaccion@elcolombiano.com.co

El 27 de octubre para ser preciso, les explicaba resumidamente a mis estudiantes de Geopolítica un episodio desconocido para la mayoría de ellos, pues desde hace tiempo soy el único en el salón nacido en el siglo XX. Se trataba de la crisis de los misiles rusos en Cuba, posiblemente el episodio más peligroso y caliente de la Guerra Fría, el fenómeno geopolítico reciente más poderoso e influyente de todos.

Por limitaciones de tiempo no podía explicarles todos los detalles de este suceso que debería ser de estudio obligado para quienes estén aprendiendo de estrategia y negociación, así como los estudiantes de logística deberían analizar cómo EE. UU. enfrentó el bloqueo que Stalin ejerció sobre Berlín occidental entre 1948 y 1949.

Ambos pulsos fueron ganados por EE. UU. La derrota de Stalin en Berlín lo empujaría a intentar desquitarse en el oriente, invadiendo a Corea del Sur, aventura expansionista también frustrada, y a Kruschev su fracaso en Cuba le terminaría costando el puesto y la desconfianza de su supuesto “aliado”, China. Espero que algo similar le suceda a Putin con su hasta ahora fallida toma de Ucrania, porque la historia suele repetirse, en especial la rusa que solo tiene éxito conquistando tierras sin gente.

Al descubrirse la instalación de misiles rusos en Cuba dirigidos a los EE. UU., estos establecieron una cuarentena a la isla con una flotilla de barcos y submarinos para impedir que los demás barcos con misiles rusos que venían en camino completaran la amenaza. El 27 de octubre, de 1962, el submarino ruso B-59 fue rodeado por 11 destructores estadounidenses y el portaaviones USS Randolph, que iniciaron una avalancha de cargas de profundidad con la intención de hacerlo subir a la superficie, pretensión que le fue informada a Moscú. Pero el problema era que el submarino ruso no sabía de dicha intención, y los estadounidenses desconocían que el submarino tenía un torpedo nuclear de 10 kilotones.

Los oficiales del B-59, viéndose al borde de la muerte debían decidir si lanzar o no el torpedo. Dicha decisión no recaía toda en su capitán, sino que debía ser por consenso de los tres oficiales superiores de la nave. Solo el segundo capitán, Vasili Arkhipov, se negó a aprobar el lanzamiento y logró convencer a los otros oficiales que las cargas de profundidad eran señales para salir a la superficie y no para destruirlos. Finalmente decidieron ascender y luego se dirigieron a la URSS.

Así parezca exagerado, si no fuera por Vasili, mis estudiantes, ustedes, e incluso yo, no hubiéramos nacido, y tras el holocausto nuclear el mundo hubiera quedado en manos de las cucarachas, proceso que ya parece haber comenzado por Colombia desde hace unos meses.

Todd Kashdan, autor del libro El arte de llevar la contraria, dice que “Buscar certeza puede hacer que nuestras creencias y toma de decisiones se cristalicen prematuramente, y la reticencia resultante a considerar nueva información puede perjudicarnos a largo plazo”.

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