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Columnistas | PUBLICADO EL 02 junio 2021

La pandemia del odio

Por alberto velásquez martínezredaccion@elcolombiano.com.co

En tanto ardían en Colombia salud y justicia, y los libros eran quemados por vándalos que se aprovechan y abusan de las protestas juveniles encaminadas a lograr un país mejor, un mozalbete, Egan Bernal, salido del pueblo y con sacrificio y constancia vencía en su bicicleta a los mejores corredores del mundo en el Giro de Italia. Otra evidencia de las muchas colombias vigentes en un país contradictorio, lleno de inequidades y de rabias.

Este ejemplo de tenacidad y honradez del ciclista criado en Zipaquirá, es tan opuesto al del otro bachiller de la misma ciudad, Petro, que a través del twitter fomenta inquinas y malevolencias. Contrasta la actitud del corajudo atleta que lleva la sana competencia como signo de concordia en el manubrio de su bicicleta, con el “anarquista profesional”, que agita el revanchismo social. Afortunadamente el ciclista Bernal revive al otro zipaquereño, Efraín Forero, primer ganador de la Vuelta a Colombia, y no al pugnaz estudiante de la tierra de la sal, antiguo militante del grupo subversivo que incendió, en punible ayuntamiento con los narcos, el Palacio de Justicia en 1985. Ejemplo de conflagraciones que hoy imitan los pirómanos en Popayán, La Plata, Facatativá y Tuluá para calcinar los expedientes judiciales y así contribuir al aumento de la impunidad en una nación donde la acción de la justicia es cada vez más lenta y minusválida.

Mientras buena parte del país celebraba la hazaña de Egan Bernal, replicada por los grandes medios periodísticos del mundo, los mismos destacaban no solo la crítica situación de Colombia causada por el avance irrefrenable del coronavirus, agravado por las concentraciones públicas de protestantes y revoltosos sin guardar protocolo alguno de bioseguridad, sino los desafueros cometidos por los vándalos. Como ejemplo de estos, el Jardín Botánico de Medellín, saqueado y su sala de lectura, arrasada y robados los libros que consultaban adolescentes y niños de barrios deprimidos de las comunas nororientales. Siempre el pueblo, llevando del bulto por la acción de los salvajes.

La cultura de Medellín está herida, no solo en su naturaleza viva sino en su inteligencia. Los libros destruidos por la mano artera del delincuente, reviven al inquisidor Torquemada. Esa acción vandálica trae al recuerdo a los fanáticos que en la antigüedad incendiaron la biblioteca de Alejandría y en esta era moderna, las de la España de la transición de la dictadura a la democracia, cuando comandos de asalto dinamitaron, según la historiadora Irene Vallejo en su obra “El infinito en un Junco”, librerías en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia, para destruir cultura, actitud propia de las bestias.

Mientras Egan Bernal, con su triunfo ciclístico en Italia, y la paisa Mariana Pajón con dos medallas de oro en la copa Mundo de Supercross, ponen en alto la bandera nacional, aquí hordas incendiarias, estimuladas entre algunos bochinchosos por el antiguo bachiller de la tierra de la Catedral de Sal, quieren salar más al país contaminándolo de la pandemia del odio

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