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Columnistas | PUBLICADO EL 10 septiembre 2021

LA ALCANTARILLA NACIONAL

Por Eduardo Durán Gómezredaccion@elcolombiano.com.co

El río Magdalena, o Río Grande de la Patria, como lo llaman los poetas, es, sin duda, uno de los activos más grandes que tiene Colombia: su extensión alcanza 1.528 kilómetros, de los cuales son navegables 990; abarca once departamentos, en donde vive el 80 % de la población colombiana, y en donde, además, se produce el 85 % del PIB nacional.

Pero fuera de eso, su ecosistema es de los más ricos del mundo; allí se albergan 290 especies de peces, además de la inmensa variedad de aves, reptiles y mamíferos, en medio de un escenario único, en donde cientos de ríos y quebradas llegan a su cauce a depositar sus aguas y a hacerlo cada vez más grande, a medida que avanza su recorrido.

Toda esa riqueza la estamos malgastando en medio de una incultura, una que no deja ver la importancia del río, riqueza que solo es aprovechada para atropellarlo de la manera mas irresponsable, oprobiosa y criminal: los colombianos encontramos en toda esa urdimbre acuática el instrumento mas rápido para deshacernos de las basuras y desechos contaminantes, y esta es la razón por la cual las aguas del Magdalena son turbias, espesas, ásperas y perturbadoras, pues allí llegan 2,5 millones de metros cúbicos de sedimentos en el año. De ahí que la vida del río sea cada vez más precaria y que ese ecosistema vaya desapareciendo lentamente.

Pero, además, toda esa contaminación es la causante de la sedimentación, en donde es necesario gastar miles de millones todos los años para poder mantener la profundidad de sus aguas y permitir de esta manera el calado para que los barcos de carga puedan navegar hasta encontrar las aguas del océano en Barranquilla o en Cartagena.

Es por eso que el compromiso de las autoridades ambientales tenga que estar dirigido a detener esa amenaza humana, que quiere seguir maltratando el río hasta acabarlo; es un compromiso del 80 % de la población, que está en sus alrededores y que tienen que aprender a respetar y a proteger este instrumento de vida para el país y para todos sus habitantes, además del inmenso impacto que puede tener en la economía nacional, derivado de una navegación permanente y eficiente.

Hay que aprender a construir modelos para tal efecto. Cuando se pueda comprobar que un determinado número de municipios hace la tarea y defiende sus fuentes de agua como lo hace con su vida, allí estaremos creando también los instrumentos de protección para el ecosistema, que permitirá desarrollar las más diversas alternativas de bienestar y de aseguramiento vital.

Cuando Helmut Kohl fue jefe de gobierno en Alemania, prometió que descontaminaría el río que pasa por Bonn, entonces la capital de ese país. Montó todo un dispositivo gubernamental y convocó a toda la comunidad a que lo acompañara. Lo logró; las aguas volvieron a ser cristalinas y, antes de entregar el cargo, invitó a todos los medios para que registraran el momento en que se bañaba en esas aguas purificadas y sugerentes

(Colprensa).

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