Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com
Como diría un influencer, tiremos un facto. En Colombia, la tolerancia es inversamente proporcional a las ganas de triunfar en cualquier discusión. El facto —hombre, mejor digamos la hipótesis— tiene fondo: en este país pululan las verdades absolutas, sin importar lo que piense el otro, y escasean las consideraciones éticas para mediar pensamientos y actos.
Pasa desde lo más grande hasta lo que parece minúsculo. Algunos dirán que es exagerado, pero ocurre todos los días con un arraigo que ya es una constante cotidiana, alimentada, entre otras, por quienes ostentan el poder, empezando por el presidente de Colombia.
Todos los días nos enfrentamos a un mandatario que, bajo el amparo de la representación popular y su investidura, alimenta una división moral que polariza a la sociedad. Su forma de actuar lo demuestra. Un análisis de cerca de 60.000 tuits sobre política, publicados entre enero de 2024 y junio de 2025, ubicó a Gustavo Petro como el político con el lenguaje más agresivo en redes sociales. Su discurso acumula ataques personales, frases descalificadoras y expresiones despectivas que quedan flotando como palabras mayores, normalizadas a fuerza de repetición. Eso hace daño, alimenta la rabia y mete gasolina en las venas de la gente.
Cuando el poder habla dividiendo, la sociedad aprende a dividir. La toxicidad no es marginal: es una peste que contagia las calles, los barrios y las casas. Es la patente de corso para el que pone reguetón a todo taco a las tres de la mañana porque quiere oír música sin importarle que otros quieran dormir. Es el permiso para que el tipo del carro vaya hasta las últimas consecuencias y evite la derrota existencial que le causaría cederle el paso a un peatón. En fin, esa es la forma de llenamos de personas dominadas por la falta de empatía, que hacen de sus comportamientos en la calle intolerancia pura.
Una encuesta de la organización Valiente es Dialogar y del Centro Nacional de Consultoría arrojó que 77% de colombianos se identifica con alguno de los polos de la confrontación política. Tres de cada cuatro colombianos tienen los guantes puestos. Más grave aún cuando 43% tiene orientación autoritaria y posiciones del tipo “buenos vs. malos”. Otro dato: según el Edelman Trust Barometer 2025, 67% se siente agraviado y cree que quien está al frente le hace la vida difícil.
Otra encuesta, elaborada por Cifras y Conceptos y la Universidad Industrial de Santander para el Ministerio del Interior, confirma una hipótesis aún más dolorosa: el deterioro de la convivencia y la polarización agravan la percepción ciudadana de inseguridad. Más violencia y menos disposición para vivir juntos. El 70% de los encuestados dijo haber tenido problemas con sus vecinos. Los conflictos más frecuentes fueron por ruido y riñas (44%) y por drogas, basuras o mascotas (40%).
La polarización, la intolerancia y la irascibilidad dejaron de ser una crisis para convertirse en un estilo de vida, en una actitud promedio. Se traducen en la forma de responder, en el modo de manejar, en el tono con que se le habla al vecino y en los muertos que dejan, porque la cultura violenta que habita esta tierra se alimenta de ese ambiente.