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La sensación inevitable que deja la lectura de este programa es que no hay en él una visión sobre el futuro.
Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu
En unas semanas hay elecciones presidenciales en Colombia. Iván Cepeda, candidato del partido de gobierno y líder en las encuestas durante meses, ha decidido no participar en debates. Para los ciudadanos, entonces, ha sido difícil entender qué propone. Ante eso —y después de ver varias entrevistas en las que escuché pocas propuestas concretas de él— decidí ir directamente a su plan de gobierno. El documento completo puede leerse aquí.
Lo primero que me sorprendió fue la naturaleza misma del documento. Aunque se titula “Programa de Gobierno de Iván Cepeda 2026-2030”, y es al que apuntan todos los enlaces al “documento completo” en la página oficial de la campaña y del Pacto Histórico, su propia introducción lo describe como un anexo al programa de gobierno. ¿Qué significa eso? ¿Cómo puede ser un documento completo anexo de él mismo? No lo sé. Presumo que es una estrategia para justificar un texto que está bastante lejos de lo que se espera de una propuesta programática seria en una democracia moderna.
Y es que este no es un documento de diagnósticos, prioridades, metas, cronogramas o propuestas institucionales. Son 433 páginas que reúnen más de 60 discursos leídos en plaza pública. La columna vertebral es una tríada de “revoluciones”—ética, social, y política—repetida como estribillo. El léxico que utiliza es bastante diciente. Las palabras más frecuentemente mencionadas son pueblo, revolución, paz, corrupción, víctimas, y violencia.
A pesar de la forma, decidí leerlo con atención e intentar encontrar, entre su pomposa épica moralizante, una visión concreta sobre los tres temas que más me interesan: educación, emprendimiento y tecnología. ¿Qué encontré?
En educación, el programa habla constantemente de juventudes, universidades y pensamiento crítico. La educación aparece allí como herramienta de “conciencia crítica” y de “revolución ética”, invocando incluso a Carlos Gaviria y la idea de que la ignorancia es fuente de sometimiento. Allí se habla mucho también de la universidad pública y se describe como esencial para aquella renovación social—por cierto, varios de los discursos que aglomera el documento fueron leídos por Cepeda precisamente en universidades públicas. Pero es muy difícil extraer de todo ello algo práctico. No hay metas de cobertura ni de calidad. No hay estimaciones de financiación. El texto celebra la gratuidad, pero no dice cuánto dinero necesitan esas tan importantes universidades públicas para garantizarla, ni qué se espera que logren concretamente aquellas con más recursos, ni menciona la Ley 30, que es el punto de partida obligado de cualquier discusión seria sobre financiación universitaria. Y ni qué decir de los otros temas cruciales en educación que gozan de menor atractivo emocional. En estos discursos no hay una sola palabra sobre formación docente, primera infancia, educación técnica o bilingüismo. Mejor dicho, en el programa de Cepeda no hay nada que le diga a uno cómo se piensan afrontar los retos del sistema educativo.
En emprendimiento ocurre algo similar. El documento exalta la economía popular, las organizaciones comunitarias y el cooperativismo, y reivindica la necesidad de transformar el modelo económico para hacerlo más incluyente. Pero no hay allí nada que apunte a una visión clara sobre creación de nuevas empresas, escalamiento de pequeñas empresas, acceso a capital, inserción en mercados globales o fortalecimiento de ecosistemas emprendedores. De hecho, las palabras “MIPYME” y “PYME” no aparecen una sola vez. Es más, el emprendedor en el sentido moderno—alguien que asume riesgos, desarrolla nuevos productos y genera empleo—está absolutamente ausente del texto.
La ausencia más notoria, sin embargo, aparece en tecnología e innovación. En un momento histórico en que la adopción de la inteligencia artificial transformará por completo nuestro mundo, no hay la más mínima referencia a esa tecnología. Piénselo por un segundo, ni una sola mención a “inteligencia artificial” en más de medio centenar de discursos de alguien que espera liderar un país en 2026. Pero uno podría ubicar este texto en 1996 y luciría igual de desactualizado, porque no podría él hablar menos de cómo generalizar tecnologías de hace 30 años, donde el país arrastra un rezago enorme aun: “internet” y “conectividad” son palabras que aparecen una vez cada una; “propiedad intelectual”, “ciberseguridad” y “digitalización del Estado”, ninguna.
En suma, la sensación inevitable que deja la lectura de este programa es que no hay en él una visión sobre el futuro. Son más de cuatrocientas páginas concentradas en reinterpretar la historia de Colombia; en presentarla como un proceso de agravio ininterrumpido que debe ser reconocido y reparado inmediatamente y ante cuya urgencia cualquier otro tipo de reflexión, incluyendo aquellas sobre los retos del futuro, resultan impertinentes.
La visión que Cepeda nos propone, entonces, es una que olvida que gobernar es una tarea fundamentalmente prospectiva. Por más que él lo desee, su gobierno—o el de cualquier otro—no podrá cambiar el pasado del país. Adentrarnos en aquella empresa no solo nos mantendrá atrapados, administrando indefinidamente las heridas del pasado, sino que nos dejará indefensos ante un contexto internacional cada vez más incierto y agresivo. Colombia necesita empezar a mirar hacia adelante.