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Dejemos de exotizar a América Latina

hace 2 horas
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  • Dejemos de exotizar a América Latina

Por Javier Mejía Cubillos mejiaj@stanford.edu

Durante décadas, América Latina ha sido interpretada como un lugar exótico. Es imaginada como una tierra de pasiones desbordadas, donde se ama y se odia con intensidad primitiva; un lugar donde el cuerpo domina a la razón y la vida transcurre entre el baile, el canto, y el sudor. A menudo se le añade una pizca de magia a esa visión, describiendo a sus habitantes como personajes de ficción antes que ciudadanos de sociedades modernas y a los sucesos que les ocurren como eventos imposibles de presenciar en un mundo racional. Es una imagen seductora, pero profundamente dañina. Quiero explicarles por qué.

Para empezar, sirve reconocer que este modo de mirar la sociedad no es nuevo ni exclusivo de América Latina. Forma parte de una tradición intelectual más amplia mediante la cual el Sur global ha sido convertido en objeto estético y emocional para el consumo del Norte. A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, durante el apogeo del imperialismo europeo, el Medio Oriente ocupó un lugar central en ese imaginario. Viajeros, administradores coloniales, artistas y académicos describieron la región como un espacio de sensualidad, fanatismo y misterio; un mundo regido por pasiones ancestrales más que por cálculo o razón. Autores como Edward Said mostraron cómo esta exotización no era una simple distorsión cultural, sino un marco interpretativo que legitimaba relaciones de poder desiguales. Al reducir sociedades enteras a disposiciones emocionales supuestamente esenciales, estas narrativas facilitaban la idea de que esos pueblos necesitaban ser guiados, administrados o corregidos desde afuera.

Lo paradójico, en el caso latinoamericano, es que esta exotización —al menos en su versión actual— no ha sido impuesta desde el exterior, sino promovida activamente por las élites locales. En particular, las nuevas izquierdas han encontrado en estas narrativas una herramienta eficaz para consolidar sus bases políticas. Al reavivar la ficción de identidades locales homogéneas y emocionalmente cargadas, construyen antagonismos simples que facilitan la movilización de masas. Plantean, así, una historia de un pueblo auténtico y arraigado a nobles formas de vida tradicionales que debe luchar contra unas minorías privilegiadas e indoctrinadas por un afuera abstracto y deshumanizado.

El caso colombiano resulta especialmente ilustrativo. Tanto en campañas oficiales—saturadas de montañas, ríos, trajes típicos y mariposas amarillas—como en el discurso recurrente del presidente—incapaz de hablar del país sin invocar a García Márquez—, Colombia es presentada como un territorio definido por lo rural, la música, el baile y una cultura afro e indígena elevada a emblema totalizante. En ese relato, poco espacio queda para la ciudad, la ciencia, la empresa, y la tecnología. Esta es una representación, cuanto menos, curiosa de un país predominantemente mestizo y urbano, con una economía basada principalmente en servicios y con uno de los consumos per cápita de contenido digital más altos del mundo.

Pero más allá de la imprecisión analítica de ese relato y de lo peligrosos que son los propósitos de estas élites que lo promueven, estas narrativas traen perjuicios individuales muy concretos. Al definir a una región por su intensidad emocional, se limita silenciosamente el abanico de roles que sus habitantes pueden ocupar. Bajo esta mirada, los latinos no son científicos, filósofos o empresarios innovadores, sino bailarines, cantantes o escritores de ficción. La exotización, así, no solo simplifica sociedades enteras, sino que reduce al individuo y contrae el horizonte de lo posible para él.

De nuevo, esto es un fenómeno muy bien entendido en estudios coloniales y fácilmente reconocible en las representaciones artísticas en Europa y EE. UU. hasta hace poco—basta pensar en el Hollywood de los años cincuenta, donde la única concepción posible de las personas del Medio Oriente era como hechiceros malvados, poetas místicos, o bailarinas sensuales. No obstante, el problema con la exotización latinoamericana actual es que, al tratarse de una construcción promovida desde dentro, las soluciones diseñadas para combatir el exotismo imperial—muy populares en Hollywood hoy, por cierto—resultan completamente ineficaces. Aquí no se trata de cómo nos miran desde afuera, sino de cómo hemos aceptado que nuestras élites nos convenzan de que nuestro valor reside en la expresión emotiva y no en el otro millar de dimensiones que el potencial humano permite explorar.

Por eso, porque se presenta como celebración, es que el camino que abre esta forma de exotización es especialmente peligroso. Al envolver la identidad exótica en afecto, belleza y orgullo, desactiva la crítica y vuelve sospechosa cualquier disidencia. Cuestionar el relato equivale a traicionar lo propio.

Y a esa crítica estoy dispuesto a enfrentarme hoy, al decir con claridad que las sociedades que se narran a sí mismas únicamente en clave estética o emocional terminan empobreciendo su imaginación política y moral. Cuando un país se concibe ante todo como temperamento, corre el riesgo de renunciar a pensarse como proyecto. La exotización no es solo una mala descripción del mundo; es una mala guía para habitarlo.

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