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El país, frente a datos claros y contundentes, reconoce quién tiene la capacidad de conducirlo. Este 8 de marzo votemos la consulta y vivamos la democracia.
Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada
Hay momentos en la vida pública en los que el poder no se ejerce. Se representa, se declama en tarimas, se proyecta en encuestas, se infla en estudios de opinión que, más que medir la realidad, intentan producirla. Vivimos uno de esos momentos.
Las percepciones de fuerza se han convertido en el verdadero campo de batalla. Ya no se disputan programas ni diagnósticos, sino metodologías. Se enfrentan estadísticos, se contrastan muestras, se discuten márgenes de error. Es una guerra técnica que pretende anticipar lo que solo puede decidir el ciudadano con su decisión íntima del voto.
Pero el 8 de marzo esa ficción termina. Ese día dejamos atrás la era de las percepciones y entramos en la de las realidades. Hasta ahora algunos han querido moldear el ánimo nacional con gráficos y narrativas, bajo la premisa de que lo que se instala en la mente colectiva termina produciendo efectos políticos. Sin embargo, toda construcción simbólica encuentra su límite. Y ese límite es el dato que mata el relato. El que surge de las urnas. Cuando se abren los tarjetones y se cuentan los votos, los relatos ceden ante la evidencia.
En tiempos de tensión, la política suele degradarse en juegos de poder vacíos. Proliferan maniobras internas, intrigas menores, las decisiones tácticas desconectadas del interés nacional y sobretodo, la pequeñez humana.
Algunos partidos han invitado a sus militantes -creyendo que aún existen militantes que obedecen sin deliberar-a abstenerse de participar en consultas. No por desacuerdo programático ni por diferencia ideológica sustancial, sino por cálculos de conveniencia y vanidad partidista. Es el poder reducido a aritmética interna, a preservación de cuotas, al temor de que otro avance. Es la naturaleza humana amenazando el propósito colectivo.
Ese repliegue es una renuncia y la renuncia, en política, se interpreta como debilidad. En un escenario donde nuestros adversarios buscan proyectar una imagen de fuerza imparable, recomendar abstención es alimentar su relato. Es aceptar que la energía pública pertenece a otros. Es dejar la plaza vacía para que alguien más la ocupe.
La política, en su núcleo, es decisión. Y decidir implica mostrar voluntad. No basta con tener argumentos; es indispensable demostrar capacidad de imponerse legítimamente en el espacio público.
La fuerza en democracia no es intimidación, sino participación masiva. Es un número. Es densidad electoral que obliga a todos a recalcular. Cada voto emitido envía una señal. Cada mesa concurrida construye un mensaje. Cada resultado contundente reconfigura el equilibrio de poder.
El 8 de marzo no es una fecha cualquiera. Es la oportunidad de enviar un mensaje inequívoco de viabilidad y poder. De demostrar que la centro derecha no es una suma dispersa de voces, sino una corriente con capacidad real de conducción. Esa tarde, la noticia no debe ser narrativa construida desde estudios previos, sino la constatación de una fuerza clara que reordene el tablero político. Que obligue a replantear estrategias, que desmonte relatos prematuros y que devuelva confianza a millones de ciudadanos que observan con inquietud el rumbo del país.
Quienes aconsejan debilidad, aconsejan irrelevancia. Quienes sugieren abstención, facilitan la hegemonía simbólica del adversario. No hay que caer en esa trampa. Cada oportunidad de votar es una ocasión para mostrar fuerza. Cuando el poder deja de ser percepción y se convierte en cifra, ningún relato logra desdibujarlo. Y el país, frente a datos claros y contundentes, reconoce quién tiene la capacidad de conducirlo. Así de simple. Este 8 de marzo votemos la consulta y vivamos la democracia..