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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
Estamos presenciando cómo la práctica política se ha degradado en parte por el endiosamiento del Ego de sus protagonistas y por la radicalización y simplificación del discurso que, como arma dirigida a las vísceras, confunde la capacidad de discernir en buena parte del mundo. En este contexto el concepto de “soberanía” ha sufrido lesiones.
A Jean Bodin (1530-1596) jurista, filósofo, politólogo y economista francés se le atribuye el mérito de la conceptualización del principio de soberanía: “La Republica es un derecho de gobierno de una diversidad de individuos con aquello que tienen en común: la potencia soberana”. “Del mismo modo que el navío no es más que madera sin forma de navío cuando falta la quilla, el arco y la cubierta, la República sin soberano que une en un solo cuerpo a sus miembros, ya no es república.”
La soberanía tiene el poder de dar la ley y de imponer excepciones a las leyes, por lo cual la ley y la soberanía definen al Estado con base a un orden jurídico y una división de poderes y, si bien la soberanía concede la jefatura a un gobernante, esto no significa que se convierta en su “dueño”. En el Estado moderno los dueños habitan en el pueblo, circunstancia que se conoce como “soberanía popular”, afianzada a finales del siglo XVIII cuyos principales representantes fueron Hobbes, Locke y Rousseau, éste último principal creador de “El Contrato Social” pacto que, al establecer las bases de la democracia, definió el acuerdo entre gobernantes y gobernados, sostuvo que el poder emanaba del pueblo y defendió los deberes y derechos de los miembros de una sociedad. Sin embargo, actualmente la autodeterminación colectiva, derecho fundamental de los pueblos y comunidades a decidir libremente su destino político, económico, social y cultural se encuentra en descenso.
Empresas como Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta Platforms, Nvidia y Tesla (“los Siete Magníficos”) y Palantir, el software vidente que custodia la información de lugares cercanos y lejanos, han concentrado una enorme riqueza, poder y control en muy pocas manos y, junto a la fórmula “el ganador se lo lleva todo”, han aumentado la asimetría social, la disparidad de oportunidades, perjudicado a sectores vulnerables (niños, mujeres, personas racializadas), a empresas pequeñas y tradicionales, y a la salud democrática de las naciones. Por añadidura, el epicentro de la transformación digital global representado por Estados Unidos, está manipulando la gestión política interna y externa con un enfoque tecnológico-empresarial que concentra el poder en los “dueños”, prioriza la rentabilidad, minimiza los derechos de las personas, fomenta la deshumanización del entorno laboral y reduce la creatividad por automatización.
Considerando que existe un cambio de paradigma donde la modernización empresarial es un reto tecnológico y la forma de manejar la política se ha reorientado, estas transformaciones no necesariamente tienen que ser egoístas y obstructivas, ni destinarse a deslegitimar las instituciones, erosionar los órganos autónomos, o socavar la soberanía de los países, giros radicales que amenazan la sostenibilidad actual y la de las generaciones futuras.