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En un bosque

En la ciudad aún quedan varios que merecen nuestro respeto y cuidado. Sin la música del bosque, sin esa calma, podemos perdernos.

hace 15 minutos
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  • En un bosque

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

Miro el bosque, el punto exacto donde no es muy claro dónde empieza un árbol y dónde termina el otro, la luz que entra e ilumina el paso tranquilo del cucarrón. De repente, me viene aquella frase de los mosqueteros: ‘Uno para todos y todos para uno’, creo que eso es un bosque, me lo reafirma el viento, ¿quién no comparte las ideas del viento que en su camino ha escuchado tanto mundo? ¿Y qué es un mundo? Lo que cada uno de nosotros encuentra en su camino.

Entrar en un bosque es una manifestación de humildad y respeto. Lo que pisamos, lo que recorremos, los caminos que existen y los que no, nos van constituyendo. En un bosque no hay Waze que funcione, el camino somos nosotros. Un bosque es un laberinto encantador, por eso las salidas afloran, son provocativas y abismales, seductoras y terribles. Cuando nos adentramos en lo más profundo del bosque, lo importante siempre será salir sin estropear al otro. No es abrir camino, es compartir el camino.

Por un momento pienso en Alicia, la de las Maravillas, la que vive mientras sueña. Recuerdo cuando Alicia se encuentra con Tigridia, aquella flor que se balanceaba graciosamente al viento, y desea que pudiera hablar. ¿Quién que respete el bosque no ha deseado algo semejante con las especies que nos vamos topando? De repente ella escucha la vocecita: “Podemos hablar, cuando hay alguien que merece que se le hable. Es una frase hermosa y sentida. Y como si fuera poco, Tigridia precisa que todas las flores pueden hablar tan bien como los humanos, “y mucho más fuerte”. ¿Entonces por qué a veces no nos entendemos?

¿Qué necesitamos para seguir siendo humano y poder conversar con el bosque, con los otros, en todo el sentido de la palabra? ¿Qué nos salva en estos tiempos de cemento desaforado, de tecnología tóxica? La semana pasada leí una entrevista que le hicieron al experto en música antigua, Jordi Savall, tras recibir en Alemania el Premio Von Siemens: “Sé que hacer música me ayuda a vivir, y también sé que mis grabaciones han servido a algunas personas con enfermedades, depresión y tendencias suicidas a superarlas y recuperarse. Además, conozco un poco la historia y sé que en sus peores y más trágicos momentos (guerras, expulsiones, genocidios...) es cuando más ha necesitado el ser humano compartir la música, y encontrar la paz y la esperanza gracias a su belleza, emoción y espiritualidad”.

Pienso que algo parecido ocurre en un bosque, no tiene que ser enorme y lejano. En la ciudad aún quedan varios que merecen nuestro respeto y cuidado. Sin la música del bosque, sin esa calma, podemos perdernos. Ojalá siempre pudiéramos recordar que no estamos solos en este mundo.

Si hace mucho no va a un bosque, vaya pronto, contemple el balance perfecto en la desigualdad. Saque un libro, léalo hasta que una hoja caiga de un árbol y marque donde debe parar. En ese instante, respire profundo, siga un insecto de nombre indefinido, escuche, quien quita que sea digno de hablar con una flor.

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