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Unas semanas atrás, el candidato a la Alcaldía de Medellín Gabriel Jaime Rico propuso que se quitaran las cámaras de fotomultas de la ciudad; en tanto, decía, es una demanda ciudadana detectada en sus “conversaciones con la comunidad” y que afectan el bolsillo de los ciudadanos. Como alternativa, Rico habla de cultura ciudadana como una forma menos “agresiva” de mejorar el cumplimiento de normas de tránsito. Hay definitivamente un tufo de populismo en la propuesta de Rico, se percibe una preocupación por ganar popularidad a como dé lugar, antes que una idea sobre la conveniencia social o no de las fotomultas.
Porque, en realidad, las fotomultas han sido efectivas a la hora de incentivar un mejor comportamiento ciudadano en términos de respeto a las normas de tránsito. A esa apuesta, impopular como sea, le debemos vidas, orden y recursos públicos, y la incomodidad individual ocasional que produce no puede estar por encima de sus beneficios colectivos.
Luego de la instalación de las cámaras de fotodetección en Medellín, los accidentes se han reducido en un 21,4%. De igual forma, mejoró el recaudo, pasando el pago efectivo del 30% al 63% de las multas de tránsito. Pero las multas como fenómeno también se han reducido, es decir, hay menos infracciones de tránsito, por ejemplo, los excesos de velocidad detectados por las cámaras han pasado de más de trescientos mil a menos de doscientos cincuenta mil entre 2012 y 2014, de acuerdo con cifras de la Secretaría de Tránsito de Medellín.
¿Que la apuesta se puede reforzar con cultura ciudadana?
Por supuesto, pero solo como un complemento, no en su reemplazo, porque la cultura ciudadana no puede ser un atajo del ejercicio de las leyes. La propuesta de eliminar las fotomultas, en tanto sale de una lógica del escepticismo frente a las normas y su ejercicio por parte del Estado, va en esencia en contravía de cualquier concepción de la cultura ciudadana.
La responsabilidad pública debe ser el principio de la construcción de propuestas para la ciudad, no el cálculo puramente electoral. Este es un peligro que será constante en los próximos meses de efervescencia de la política local, pero en el trajinar de las elecciones no podemos perder de vista los intereses públicos por los atajos privados.
Quiero pensar que la ciudad ya pasó la página del populismo descarado, que hemos madurado como democracia y sociedad, y no nos dejaremos enredar por propuestas que buscan exacerbar nuestra preocupación por intereses individuales por sobre –y en ocasiones en detrimento de- los intereses colectivos, de todos los demás. Las fotomultas son el mejor ejemplo de una incomodidad individual con enormes beneficios colectivos, y por eso, a pesar de su impopularidad, hay que defenderlas.