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Columnistas | PUBLICADO EL 04 noviembre 2022

El valle de los “manzanillos”

Las maquinarias recargadas de la política tradicional antioqueña, determinantes en elecciones regionales, no solo vienen potenciadas, sino probablemente unidas.

Por David González Escobar- davidgonzalesescobar@gmail.com

En paralelo al espumoso mercadeo del “valle del software”, en Medellín viene potenciándose una industria de mayor tradición, mucho más rentable: la de los manzanillos.

Según el “Diccionario de colombianismos” de Gonzalo Cadavid Uribe, un manzanillo se define como un “hombre sin moral, sin decoro (..) que pone a su servicio toda la bajeza de los hombres y toda su falta de hombría de bien para sus fines siempre oscuros. Llámase manzanillo porque sus frutos y su sombra, como los del árbol de ese nombre, son dañinos y venenosos. (...) En la fauna política, el manzanillo es el más despreciable de los animales, siendo todos despreciables.”

O en términos más prácticos, según un editorial de 1997 de El Tiempo: “el manzanillo, por lo general, medra en los laberintos del pequeño poder, de la intriga de momento, es el que arregla, compone y negocia el pequeño detalle para sacar de él algún beneficio personal o para su jefe político (...) del expresidente Virgilio Barco las malas lenguas decían que era estadista en Bogotá y manzanillo en Cúcuta.”

Manzanillo es Daniel Quintero, más allá de su maquillaje de alcalde independiente y moderno. Un tipo maleable, capaz de aliarse con el que sea y cómo sea con tal de continuar escalando. Sin embargo, más intrigantes están siendo los manzanillos que se vienen fortaleciendo en medio de la bonanza de los más de 5 billones de contratación directa del “valle de los convenios interadministrativos”: Carlos Andrés Trujillo, del Conservador, y Julián Bedoya, del Liberal. Dos de varios manzanillos oriundos de municipios aledaños a Medellín que han cogido impulso no solo con Quintero, sino ahora también con Petro.

Trujillo –con rumorados intereses en la secretaria de medio ambiente - y Bedoya - con cuotas en la Esu y otras entidades claves – ya no solo cuentan con la mermelada de la alcaldía de Medellín, derecho adquirido por haber sido aliados tempranos de Quintero, sino que además se han vuelto figuras importantes en las negociaciones burocráticas de las que depende la gobernabilidad del presidente Petro.

El senador Trujillo, el artífice de la traición del “credo Conservador” hacia el petrismo, es un auténtico barón electoral. Su fortín político es Itagüí, municipio del que sigue siendo amo y señor. La fortaleza de sus casi 160.000 votos, junto a su olfato por el erario público, lo llevaron a ser no solo uno de los conservadores que apoyó por debajo a Petro, sino a tener el honor de ser uno de los primeros en ser recibido por el presidente electo tras su victoria. Ahora no solo es el presidente de un Partido Conservador vergonzantemente gobernista, sino que, además, cuenta con su propio ministerio: el de Transporte, en cabeza de Guillermo Reyes.

Bedoya, exsenador más conocido por su escándalo por la posible falsificación de su título de abogado, fue otro que jugó su maquinaria desde el día cero por el presidente. Su grupo político fue recompensado, presuntamente, con poder en el Ministerio de Vivienda, donde La Silla Vacía reportó que tuvo injerencia en el nombramiento de la ministra Catalina Velasco.

La bonanza burocrática de los caciques del “valle de los manzanillos” ya se encuentra pensando en las elecciones de 2023. Las maquinarias recargadas de la política tradicional antioqueña, determinantes en elecciones regionales, no solo vienen potenciadas, sino probablemente unidas. Ni Quintero ni Petro querrán quedarse atrás. En las pasadas elecciones quedaron demostrados la falta de escrúpulos del alcalde y el presidente, el apoyo clientelista es un vicio adictivo. Así las cosas, la bonanza de los manzanillos podría apenas estar empezando a calentar...

David González Escobar

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