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Columnistas | PUBLICADO EL 06 junio 2022

El efecto Sartre

Sartre, que nos había enseñado que se podía ser un escritor en cualquier parte del mundo, denunciando los abusos de la reacción, entre otras cosas, nos condenaba ahora a hacer la revolución socialista antes de ser escritores, como un fanático cualquiera.

Por Mario Vargas Llosa - redaccion@elcolombiano.com.co

¿Usted creía que los anarquistas habían desaparecido? Nada de eso, gozan de muy buena salud, según el venezolano Rafael Uzcátegui. Acaba de publicar un libro, muy crítico del gobierno de Nicolás Maduro, al que acusa de maltratar y torturar a los presos políticos y de los asesinatos cometidos contra los críticos como él. Es miembro de múltiples asociaciones, ha renunciado a tirar bombas y pegar tiros y trabaja por la más noble de las causas: defender a los presos políticos y buscar protección y países que quieran recibir a los refugiados de cualquier índole. Sus ensayos son insólitos, porque la izquierda en América Latina no suele sostener tesis tan democráticas como las suyas. Además, no solo es un teórico, sino un hombre de acción.

Su libro se titula La rebeldía más allá de la izquierda y sostiene una tesis muy atractiva, pero yo creo que falsa, o por lo menos exagerada: que la polémica entre Sartre y Camus del año 1952, en París, es la causante del infantilismo de la izquierda en América Latina, su intolerancia para trabajar en equipo con otras fuerzas progresistas y su dogmatismo cerrado, como el que luce en su país el gobierno venezolano para coexistir con los otros que no sean el de Cuba. Me temo que esta polémica no tuvo en América Latina ni la divulgación ni el contenido tempestuoso que él le atribuye. Y que allá pasó más bien desapercibida.

Yo recuerdo muy bien aquella polémica, porque en aquel tiempo yo era un partidario entusiasta de Sartre y de todas sus posiciones, incluida aquella de la que se arrepintió más tarde: decir que en la URSS, que visitaron con Simone de Beauvoir en 1953, todos los ciudadanos tenían el derecho de criticar al gobierno; y dijo que había mentido cuando la escribió. Y recuerdo, sobre todo, la enorme dificultad que tuvimos con mi profesora de la Alianza Francesa, la inolvidable madame del Solar, para ubicar en Les Temps Modernes el artículo de Francis Jeanson que desató aquella polémica —estaba lleno de invenciones y mentiras contra Albert Camus—, y los ensayos de Sartre y de Camus que la continuaron. Luego, a la muerte de este último, a sus 46 años, en ese estúpido accidente de auto, Sartre publicó una cálida nota diciendo que Camus había sido su mejor amigo. No lo parece, en todo caso; la verdad es que ambos se disputaban una especie de liderazgo intelectual en la Francia de entonces.

La polémica fue, sobre todo, por la intransigencia antidemocrática de Stalin, es decir, los campos de concentración en la URSS, a donde se enviaba a los disidentes, reales o supuestos. Sartre no negaba que existieran, pero los justificaba en nombre del socialismo del futuro, que, según él, eliminaría todas esas iniquidades de un gobierno que ahora, supuestamente acosado por los enemigos de la derecha en todo el mundo, recurría a ellos para defenderse. Como si la sangre de los inocentes castigara la de los culpables, una tesis intolerable. Camus sostenía que un hombre decente y respetuoso de los derechos humanos debía denunciar los excesos de la URSS con los disidentes como si se tratara de un atropello de las dictaduras y los gobiernos de derecha. Esta posición parecía mucho más justa que la anterior aunque algunos no lo viéramos así en aquel momento.

Desde entonces, los partidarios de Sartre y Camus —que eran los pensadores más importantes de Francia, se decía— se dividieron en facciones adversarias. Yo confieso que mi admiración por Sartre en ese entonces me llevó a secundarlo, y que solo rompí con él años más tarde, cuando declaró a Madeleine Chapsal, directora de la página literaria de Le Monde, que los escritores africanos debían renunciar a la literatura para hacer primero la revolución socialista. Él, que nos había enseñado que se podía ser un escritor en cualquier parte del mundo, denunciando los abusos de la reacción, entre otras cosas, nos condenaba ahora a hacer la revolución socialista antes de ser escritores, como un fanático cualquiera. Eso, para mí, que ya me había decidido por la literatura, en gran parte debido a sus enseñanzas, fue el punto final de mi admiración por el filósofo francés. Yo lo pensaba, al menos, pero todavía descubro en mis entrañas que el viejo entusiasmo por el pensador existencialista asoma de tanto en tanto, cuando los periodistas o los libros me recuerdan las cosas positivas que escribió o hizo en su vida. Y fueron muchas, por si acaso.

Pero aquella polémica entre Sartre y Camus se publicó solo en Les Temps Modernes y, yo lo creo al menos, no tuvo la menor repercusión en América Latina. En todo caso, yo no la recuerdo, y en aquella época estaba muy implicado en asuntos políticos en todo el continente. Creo que, en esto, la actitud de los comunistas del Perú fue muy seguida por los de todos los países, aunque, tal vez, tuviera cierta repercusión en México o la Argentina, es decir, en los países más grandes. No mucha, en todo caso. Rafael Uzcátegui, sin embargo, cree lo contrario, y leyendo su ensayo, uno tiene la impresión de que en todo el nuevo continente la gente de izquierda se dividió después de enterarse de esta polémica, entre quienes optaban por una línea estalinista de intolerancia sistemática contra las otras corrientes socialistas y quienes coincidían con la mesura de Albert Camus. En todo caso, yo ni me enteré de esa gran polémica ni creo que existiera.

Mi impresión es que la intolerancia de la izquierda en América Latina derivaba directamente de lo que ocurría en Moscú, del que los dirigentes comunistas eran simplemente obtusos instrumentos, y, por ello mismo, el comunismo latinoamericano fue siempre muy minoritario en casi todos los países del nuevo continente, incluido lo que ocurrió en Bolivia durante la primera época de Paz Estenssoro. Luego, vendría la polémica sobre las guerrillas, a las que los comunistas y Moscú eran bastante alérgicos, y a las que, sin embargo, Fidel Castro apoyaba, por lo menos divulgando en millones de ejemplares el librito en este sentido de Régis Debray. Por lo menos, yo recuerdo ese debate tan extendido por todo el continente y que causó tantas muertes, incluso en el Perú.

El libro de Rafael Uzcátegui es, por lo demás, bastante simpático y convincente. Se lee con agrado y facilidad. Ojalá hubiera una izquierda tan sensata en América Latina como la que él y sus amigos —muy pocos, me temo— describen en las páginas de su ensayo —que, demás está decirlo y asombrarse, ha sido publicado en la misma Venezuela—, y que viene acompañado, como un libro muy moderno, por dibujos de tiras cómicas entre los sesudos ensayos de su autor. Lleva, además, un prólogo de Tomás Ibáñez. Pero aquella izquierda no existe, o no es bastante fuerte para dar una tónica de izquierda democrática a sus partidarios extremistas, cuya intolerancia se manifiesta, sobre todo, contra la izquierda democrática y la democracia en general, una verdadera obsesión estalinista, como se ha visto en estos días, cuando casi todos los gobiernos de izquierda en América Latina han silenciado o, mucho peor, apoyado la locura de Vladímir Putin y sus secuaces de invadir a la mala, y cometer crímenes indecibles contra Ucrania, acusando a su gobierno de ser una pandilla de nazis.

No creo que el anarquismo tenga mucho futuro en América Latina ni en el mundo. Fue una ideología que estuvo equivocada desde el principio, cuando sus cultores recurrían a la acción directa, asesinando o bombardeando a sus presuntos enemigos burgueses, y el resultado de esos crímenes fue repudiado por las mayorías y asumido solo por sectores minúsculos. Desde luego que es alentador que Rafael Uzcátegui y sus amigos tengan una actitud mucho más abierta y tolerante y se arroguen una voluntad democrática en su acción política, algo de lo que sus antecesores carecieron. Y así les fue.

Nunca sentí muchas simpatías con el anarquismo, aunque sí como novelista, por las fantásticas vidas aventureras que tuvieron muchos de sus dirigentes, en especial Bakunin, y que daban ganas de narrarlas, si no hubiera tanta literatura acumulada sobre ellos. Rafael Uzcátegui y sus amigos son menos violentos que sus mayores de la generación anterior, y mucho más efectivos, me parece, en su lucha por la dignidad de todos los refugiados del mundo. Estos son millones y de diversa índole. Su actitud es la buena: ayudarlos a todos, sin preguntar por qué son refugiados, ni de quién. Todos merecen nuestra compasión y nuestra ayuda, pese a las ideas que expresó en aquella polémica con Albert Camus Jean-Paul Sartre.

© Mario Vargas Llosa

Ediciones El País, SL

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