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Columnistas | PUBLICADO EL 08 julio 2022

Donde se madruga hasta para morirse

Por eso en Medellín se presentan fenómenos que en cualquier otra parte del mundo se considerarían una forma sutil de tortura. Por ejemplo, clases a la 6 a.m. o desayunos laborales antes de las 7.

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

El año pasado, Martha Sepúlveda fue noticia al ser la primera persona que, sin padecer una enfermedad terminal, recibiría una eutanasia en Colombia. La tenía programada para el domingo 10 de octubre a las 7 de la mañana. Domingo. 7 de la mañana. No a las 3 de la tarde, no por la noche: ¡A las siete aeme! Un fenómeno que únicamente se vería en Medellín: donde ni siquiera para morirse uno se salva de madrugar.

Lamento mucho lo que pasó luego con el procedimiento de Martha, y me alegra que finalmente haya podido acceder a su deseo de morir dignamente. Sin embargo, no deja de parecerme una anécdota muy diciente para ilustrar la manía colombiana, pero sobre todo antioqueña, con madrugar.

Antes de haber sido, increíblemente, alcalde de Medellín, Juan Camilo Restrepo había sido víctima del escarmiento público tuitero por su descripción en la página oficial del Ministerio del Interior: figuraba, en primera plana, el mérito de ser un “paisa disciplinado y madrugador”.

Pero no era para burlarse, para nada. Desconocían la potencia que tiene sobre la cordillera central ese aparentemente inofensivo adjetivo: madrugador. Porque el “al que madruga Dios lo ayuda” no tiene nada de metafórico. Cuando te dicen madrugador, no están nada más describiéndote con un adjetivo correspondiente a un comportamiento recurrente en tus hábitos de sueño. No. Están enalteciendo en ti un sinfín de virtudes bellas: responsabilidad, trabajo duro, honestidad, verraquera y todas esas características deseables sobre las que se cimienta nuestra endeble nación.

Por eso en Medellín se presentan tantos fenómenos que en cualquier otra parte del mundo se considerarían una forma sutil de tortura. ¿Dónde más se vería a un alcalde sacando pecho por citar a su gabinete a las 5 a. m. a un Consejo de Gobierno? ¿En qué otro lugar existen las clases de 6 a. m.? ¿Dónde más citaría alguien a un desayuno laboral antes de las 7 sin que se considere una ofensa? De milagro no hemos sido una región más violenta.

¿Pero todos estos hábitos traen consigo fortunas? Difícilmente. Estudios en EE. UU. han recogido evidencia a favor de que empezar las clases a las 8 a. m. tiene efectos negativos en el rendimiento de los estudiantes: ojalá nunca se les ocurra hacer una evaluación de impacto parecida con los horarios de las clases de Antioquia.

Para este tema no soy objetivo, me queda imposible: soy una minoría marginada, perteneciente a los que no concilian el sueño antes de la 1 de la mañana y sufren cada vez que se ven citados a una reunión a las 8 de la madrugada. Vivo de frente las consecuencias de un sistema que arrincona a los noctámbulos, que los percibe como sucios. ¿Confiaría usted en un paisa que prefiere hacer ejercicio a las 9 de la noche en vez de a las 5 de la mañana?

La obsesión de vivir de sol a sol trae sus comportamientos nocivos. Maquilla inseguridades. Solemos medir la productividad en términos de volumen, no de eficiencia. Admiramos al que trabaja más, al que siempre está de primero en la oficina. Nos trae desconfianza el que trabaja fácil. Trabajar, trabajar y trabajar, como si el PIB se midiera en horas-culo. Nos cuesta aceptar los horarios flexibles. Dormir mucho es un pecado: si es tiempo en el que se pudo haber sido “productivo”.

El solo hecho de levantarse temprano todos los días no trae riqueza, no saca a ningún país de pobre. Contra el credo popular: ser madrugador no es ninguna virtud. Así que si llega el día, a mí, por favor, no me programen la eutanasia a las 7 de la mañana. A mí en mi último día déjenme dormir 

David González Escobar

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