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¿Y por qué no apoyamos desde ya a Abelardo?

Todavía hay tiempo. Pero solo si dejamos de mirar desde la tribuna y entramos, de una vez, a jugar el partido de nuestras vidas en medio de una tormenta demencial.

hace 1 hora
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  • ¿Y por qué no apoyamos desde ya a Abelardo?

Por Diego Santos - @diegoasantos

Tengo una frustración que no logro sacudirme. Una mezcla de rabia y desconcierto frente a la poca emoción que despierta la Gran Consulta, inclusive entre quienes más creen en ella. Por Dios. Estamos ante nueve figuras políticas distintas que, con trayectorias diferentes, con egos desbordados, decidieron hacer algo que en este país parece imposible: unirse. Apostarle a una tercería seria. Apostarle a un proyecto democrático que no se construya desde el odio, sino desde la sensatez. Y sin embargo, el país bosteza. El país quiere circo y sangre.

Los extremos se roban el espectáculo. Cepeda grita desde un lado. Abelardo desde el otro. Y la gente, como hipnotizada, empieza a repetir la lógica de siempre: “Bueno, entonces apoyemos a Abelardo para frenar Cepeda”, como si la política fuera una guerra tribal donde solo existen dos bandos, como si la única alternativa frente al comunismo fuera el autoritarismo con otro uniforme.

Y ahí está el punto que nadie quiere decir en voz alta: la solución de Abelardo es tan nefasta como la de Cepeda. Son dos caminos distintos hacia el mismo precipicio. Uno destruye la Constitución desde la ideología. El otro desde la fuerza. Uno sueña con una constituyente para imponer su modelo. El otro con un país donde la ley sea la voluntad del caudillo. Y sin embargo, muchos prefieren callar. Porque Colombia es el país del cálculo. El país que te cobra después con quién te fuiste. El país donde la política se parece demasiado a la ley de la mafia: si no estás conmigo, mañana la pagas.

A la Gran Consulta le faltan dolientes. Le faltan voces. Le faltan personas que digan sin ambages que no se van a rendir antes de tiempo. Que no van a entregarle el país a un extremo solo porque el otro extremo da miedo. Que van a pelear, como en el fútbol, hasta que suene el pitido final. Vamos perdiendo 2-0, sí. Pero quedan 45 minutos. Y la historia no la escriben los que se rinden antes de tiempo.

¿Qué hay que hacer para que la gente entienda el hecho político descomunal que significa esta unidad? ¿Hay que gritar? ¿Putear? ¿Amenazar? No. Hay que hablar con claridad. Hay que hacer pedagogía. Los medios deberían estar volcados a explicar lo que está en juego y hacer pedagogía sobre la Gran Consulta. Los líderes de opinión deberían dejar la comodidad del cinismo. Y quienes creen en esto deberían dejar de pasar de agache.

Porque esto no es un reality. Esto no es un concurso de insultos. Esto es la democracia colombiana tratando de salvarse a sí misma.

Y para quienes piensan que la Gran Consulta me paga: no, no soy un activista pago. No me mueve un contrato. Me mueve la convicción. Me mueve el miedo de ver a Colombia entregándose, una vez más, al abrazo tóxico de los extremos.

Todavía hay tiempo. Pero solo si dejamos de mirar desde la tribuna y entramos, de una vez, a jugar el partido de nuestras vidas en medio de una tormenta demencial.

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