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El miedo no puede gobernar las urnas

El problema no es que exista miedo. En Colombia, el miedo es comprensible. El problema es permitir que el miedo decida.

hace 1 hora
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  • El miedo no puede gobernar las urnas

Por Isabel Gutiérrez R. - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Hay momentos en la historia en los que una sociedad no se equivoca por ignorancia, sino por pánico. No porque no entienda sus problemas, sino porque decide responderles con la emoción más primitiva de todas: el miedo. Colombia está entrando, otra vez, en uno de esos momentos.

Las encuestas publicadas esta semana no revelan únicamente preferencias electorales. Revelan algo más profundo y más peligroso: un país emocionalmente vulnerable, dispuesto a decidir su futuro no por deliberación, sino por reacción. La discusión pública no gira alrededor de propuestas, sino de amenazas. No se debate qué país queremos construir, sino qué país tememos perder.

Las cifras no son neutrales cuando se convierten en munición política. Se usan para sembrar ansiedad, para fabricar urgencias artificiales, para instalar la idea de que “esta es la última oportunidad”, “el último salvavidas”. El miedo es eficaz porque simplifica: convierte la complejidad del país en un relato binario de salvación o catástrofe.

Porque el miedo es enemigo natural de la responsabilidad fiscal, de la institucionalidad, del Estado de derecho y de la deliberación racional. El miedo exige soluciones inmediatas, líderes providenciales y atajos peligrosos. Y los atajos, en política, suelen terminar en precipicios.

La popularidad del presidente Petro —que desconcierta a muchos analistas— no puede explicarse solo desde la ideología. Hay un país que no estamos viendo: un país cansado de promesas incumplidas, desconfiado de las élites tradicionales y habituado a vivir en la incertidumbre. Ese país no responde necesariamente a programas económicos detallados; responde a narrativas que le ofrecen sentido, pertenencia y una explicación clara de sus frustraciones. Ignorar eso es un error estratégico. Pero explotar ese miedo es una irresponsabilidad histórica.

El problema no es que exista miedo. En Colombia, el miedo es comprensible. El problema es permitir que el miedo decida. Cuando votamos desde el temor, renunciamos al juicio. Cuando elegimos para castigar o para evitar, dejamos de elegir para construir. La política deja de ser proyecto y se convierte en reflejo.

Hoy más que nunca se necesita sensatez. Y la sensatez no es tibieza. Es rigor. Es exigirles a los candidatos que expliquen cómo van a financiar sus promesas, cómo van a garantizar seguridad sin erosionar libertades, cómo van a crecer la economía sin hipotecar el futuro. Es leer los programas, no los trinos. Es pensar en el proyecto del país que queremos, no en el susto de mañana.

La política democrática no puede competir en el mercado del pánico. Su deber es otro: ofrecer orden sin autoritarismo, cambio sin demolición, estabilidad sin inmovilismo. Defender las instituciones no como fetiche, sino como condición mínima para cualquier transformación duradera.

Porque si dejamos que el miedo nos lleve a las urnas, puede que ganemos una elección. Pero perderemos algo mucho más difícil de recuperar: la capacidad de decidir con inteligencia el futuro de la República.

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