viernes
0 y 6
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La distancia que separaba la casa de Eafit que era el lugar donde iba a entrenar eran unas mangas enormes que recorría sin temor, palomas, torcazas y uno que otro conejo habitaban esos cañaduzales altos y dulces en los que uno sentía que caminaba en medio de gigantes, unos edificios bajos de ladrillo rojo eran a lo lejos el lugar al que debíamos llegar. Se oían aún más lejanos los rugidos de los leones que desde el zoológico anunciaban con pereza ciertas horas del día, y el tren silbaba melodioso cuando rodaba por donde hoy circula más silencioso el metro.
En la quebrada que pasa por Patio Bonito, donde viví de niño, había patos y con los amigos de infancia tomábamos unos costales viejos e íbamos a pescar Guppys en las mangas que hoy ocupa el almacén éxito. Las vacas de un viejo gruñón al que le decíamos Cucho las correteábamos loma arriba, entiéndase por loma la calle 10 que apenas eran unos rieles. Casi coronando la loma y antes de llegar al parque estaba la tienda de don Víctor que conectaba esas lomas del Poblado lejanas de casi todo con el “centro”, allí comprábamos cientos de chucherías sin tener que salir del barrio.
Recuerdo que diciembre realmente empezaba cuando se iluminaban las luces del gigantesco árbol que en la autopista encendía la Compañía Colombiana de Tabaco, ese pino enorme era visible desde diversas perspectivas en una ciudad que apenas presentía tantas tragedias por llegar, los carros en fila india salían a saludar la navidad y transitábamos con nuestros padres por allí, por las enormes casonas de la avenida del Poblado llenas de velitas y por la Avenida La Playa que colmaba sus árboles de frutos luminosos, ese día todo era luz.
Ese edificio de la Compañía de Tabaco siempre fue bello, era ya símbolo de rigor y pureza geométrica a pesar de haber sido construido desde 1948, lo recuerdo racional sólido y enorme, su geometría y sus formas atravesaron muchas épocas con apenas transformaciones Un día hace pocos años la compañía dejó de producir sus cigarrillos por aquí, sus puertas se cerraron para siempre. Para ese edificio así como para nosotros la vejez es un trámite.
Epílogo: Tal vez todas estas memorias de ayer representan el anhelo de tiempos mejores por venir - el porvenir - en que en esta ciudad valga de nuevo la palabra y se desprecie la mentira.
Me detengo ahora para decir esto: más de una década llevo cumpliendo la cita con palabras y lectores, es tiempo de una pausa que nunca será silencio. Me despido de esta columna agradeciendo a tantos que me han acompañado por años hasta estas últimas líneas y ofrezco las palabras del poeta Antonio Machado como despedida :
“Hoy es siempre todavía, toda la vida es ahora.
Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. Porque ayer no lo hicimos, porque mañana es tarde. Ahora.” .