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Columnistas | PUBLICADO EL 17 septiembre 2022

Del subsuelo
a la mente

San Francisco se unió a la lista de ciudades y países que despenalizaron el uso de los hongos psilocibios por la evidencia que respalda su potencial en el tratamiento de varias enfermedades mentales.

Bajo nuestros pies, una inmensa red de delicados filamentos intercambia carbono por nutrientes y agua con sus simbióticas compañeras, las plantas. Bajo nuestros pies, en Colombia, más de 7.200 especies reconocidas de hongos atrapan y conservan el carbono. No son animales ni plantas, los hongos ya tienen su propio reino, el Fungi. Este organismo inmenso está compuesto por una red invisible (micelio), cuyos frutos, los hongos, son solo su parte evidente. Nos curan, alimentan, descomponen o llevan a un viaje espiritual.

Los hongos, sus poderes y propiedades permanecieron ocultos por siglos, cuando únicamente los chamanes, brujas, sacerdotes, hierbateros o sabios se atrevían a manipularlos. De ahí que les temamos y solo ahora, gracias a piezas audiovisuales y trabajos de divulgación exquisitos, hayamos empezado a sentir por ellos la misma seducción, curiosidad y perplejidad que ha fascinado a investigadores y comunidades indígenas por miles de años.

El estrellato y atención que ahora acaparan se debe a algunas de sus especies, las que contienen psilocibina y psilocina, dos sustancias que tienen propiedades alucinógenas y, al mismo tiempo, se han convertido en la promesa para el tratamiento de males relacionados con la salud mental.

De las especies de los llamados hongos mágicos, en Colombia crece una veintena, pero las más afamadas son psilocybe columbiana y psilocybe cubensis, que cuando maduran alcanzan el tamaño de un lápiz, llevan el color de la crema en sus tallos y al lesionarse se tiñen de un azul verdoso, como prueba de que contienen las sustancias que alteran la forma en que percibimos “la realidad”.

Estas semanas, los hongos psilocibios volvieron a ocupar titulares, cuando San Francisco se unió a la lista de ciudades y países que despenalizaron su uso. En el comunicado de prensa que acompañó la noticia, los voceros destacaron la evidencia que respaldaba su potencial en el tratamiento de “la adicción, la reincidencia, el trauma, los síntomas de estrés postraumático, la depresión crónica, la ansiedad severa, el duelo, la diabetes, los dolores de cabeza y otras condiciones”.

También por estas semanas, los hongos acapararon interés cuando el senador Gustavo Bolívar y otros congresistas anunciaron que pronto presentarían un proyecto de ley para regular el uso de la hoja de coca, la amapola, los hongos y sus derivados para uso adulto y medicinal.

El llamado que ha hecho este gobierno a terminar la guerra contra las drogas empieza por desaprender todo aquello que nos enseñaron desde que el presidente Richard Nixon, en junio de 1971, declaró a las drogas como el enemigo público número uno.

Si ha sido nuestra capacidad de imaginar historias y creer en relatos la que ha hecho que individuos desconocidos cooperen, como lo señala la bella tesis del escritor Yuval Noah Harari, también debería ser esa misma virtud la que nos impulse a crear una narrativa nueva para el mundo sobre nuestra relación con las plantas, las drogas y los psicodélicos 

Adriana Correa Velásquez

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