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Columnistas | PUBLICADO EL 18 julio 2022

Defensa racional de Medellín

La mejor ciudad es aquella donde uno puede caminar varios kilómetros sin mirar para los lados, sin miedo a perecer atropellado, porque tiene todas las garantías del caminante urbano.

Por Juan José García Posada - juanjogp@une.net.co

Que sea verdad que Medellín sea uno de los mejores vivideros del planeta, lo creo y lo celebro, así sea con reservas. Me alegro con que haya ganado un tercer lugar como ciudad recomendable en el ranquin anual de una revista de turismo, Time Out. Tampoco discuto si la anteceden Edimburgo y Chicago. Lo cierto es que nuestra compleja y emprendedora capital de Antioquia sí es, en términos periodísticos, una de las ciudades más interesantes del mundo. Claro que está llena, plagada de problemas, pero también de soluciones y signos de progreso. Exhibe ejemplos espantosos para propios y extraños, como el de la destrucción temible y repulsiva del centro. Sin embargo, es una de las ciudades globales por los avances que sorprenden y descrestan y por sus formidables posibilidades de superación, gracias, más que a los gobernantes o desgobernantes, a la capacidad ejemplar de toda su gente y a su vibración singularísima.

No hay que valorar las ciudades con mirada turística. Nadie osaría negarles el prestigio mundial a Ciudad del Cabo, Malmo en Suecia, Los Ángeles, la misma Chicago, Bombay en la India, etc. En Ciudad del Cabo hay barriadas atrasadísimas y muy violentas. En Malmo, con un millón de habitantes y el atractivo general del orden, vive el mayor porcentaje de inmigrantes de su país y tiene barrios en condiciones infrahumanas donde manda la ley del monte, si no la sharía o ley islámica. Los Ángeles, segunda ciudad estadinense, sede de los famosos, de Hollywood, desarrolladísima, tiene sectores impenetrables por la inseguridad y la mendicidad. Chicago muestra los más altos índices de criminalidad, tanto que han ocurrido hasta dos mil tiroteos en un año. Bombay es crisol de la industria del software, aunque se ven micos colgados del alambrado de la luz y elefantes andando las calles.

En Medellín se ven cosas espantosas. No hay que enumerarlas: “Basta, las penas tienen su pudor”. Pero son innegables la calidad ascendente de la infraestructura vial y el transporte público, el crecimiento en educación superior, además de otras cualidades y ventajas comparativas que saltan a la vista. Mi condición de neocampesino de ningún modo me inhibe para defender con razón y razones el derecho de nuestra amada ciudad al prestigio como ciudad global. Llámese como se llamare la revista o la institución que la distingue y acéptense o no los criterios y procedimientos para calificarla, me inclino por alegrarme. Sin ánimo de chicanear, conozco ciudades. Por mi parte, viviría dichoso en Salamanca, en Zaragoza o en un pueblito español con estación de trenes. Porque se ajustan a mi definición muy personal: La mejor ciudad es aquella donde uno puede caminar varios kilómetros sin mirar para los lados, sin miedo a perecer atropellado, porque tiene todas las garantías del caminante urbano. Pero mientras tanto, continúo defendiendo a Medellín y alabando el campo y la vida retirada, como Fray Luis de León 

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