viernes
2 y 8
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«Las horas de los barman tocan a su fin». Me hice cruces y pregunté por qué. «Ya hay robots capaces de servir bebidas. Nunca enferman. Siempre sirven las cantidades justas», fue la respuesta. Me quedé pensativo y mi cerebro voló a una taberna de la calle Sierpes, en Sevilla. Allí, una minúscula bodega exhala suficiente olor a fritura de pescado en adobo como para empapar el escaso aire en movimiento que discurre entre las laberínticas callejas del centro y despertar los sentidos de los viandantes...
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