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Columnistas | PUBLICADO EL 09 julio 2022

Comentario

Colombia tiene casi siete millones y medio de adultos mayores, que representan el 14,4 % de la población. Sin embargo, se ha descubierto que nuestra sociedad adanista ha generalizado un rechazo hacia ese grupo.

Por Julián Posada - primiziasuper@hotmail.com

Hay gente que para avanzar mira hacia atrás, que decide hacerse mayor dignamente y de forma activa; otros, en cambio, hacen de la cirugía y el vestuario su único disfraz. Conozco a plenarios felices, con una vida tan vital como la que tenían antes. Esta semana fui testigo de la generosidad de un ser humano que ha hecho parte de la historia de esta ciudad, él decidió manifestar su amor a la historia, al arte y a la belleza donando un espacio para la cultura, ahí están exhibidos los cuadros de Débora Arango, testigos de nuestros dolores que parecen repetirse.

Esa tarde un colega me contó que le había sorprendido ver cómo en unos proyectos universitarios de moda los estudiantes no citaban ninguna referencia histórica o movimiento cultural. Indagó en el pénsum y descubrió que ni la sociología, ni la antropología y mucho menos la historia formaban parte de la estructura curricular. Cada alumno creía plantear en su proyecto una estética nueva, creía y afirmaba estar inventando la rueda.

“Aprendo muchas cosas mientras envejezco”, decía Solón, uno de los sietes sabios de Grecia (VII a. de C.). Aristóteles, por su parte, habla en su Metafísica del tiempo del ocio (Scholé) para, entre otras cosas, aprender por aprender. Hoy el ocio pleno se alcanza al pensionarse, en Colombia pocos lo logran, son esos pocos los que podrán dedicarse a lo que mejor les parezca. Vejez y ocio representan a veces disponibilidad de tiempo para el conocimiento. Hay ahí un enorme repositorio de experiencia y sabiduría. Se es mentalmente activo y útil aún después de los 70, los nombramientos de algunos de los ministros del presidente electo así lo demuestran.

Para el Dane, adulto mayor es el que tiene 60 años o más. Hoy nuestro país tiene de esos individuos casi siete millones y medio, que representan el 14,4 % de los casi 52 millones de habitantes que somos. Sin embargo, se ha descubierto que nuestra sociedad ha generalizado un rechazo hacia esa población. Al parecer los jóvenes, adanistas como tantos, no consideran que ellos mismos más tarde también se harán mayores. Esos adultos son el espejo en el que muchos no desean mirarse, y es ese reflejo (que encandila) el que anuncia la presencia de la parca, que más temprano que tarde vendrá a convocarnos.

Hace poco el mundo celebró el “Día mundial de la toma de conciencia del abuso y maltrato en la vejez”; la situación aquí es alarmante, los indolentes y gerontofóbicos de esta alcaldía desatendieron las alertas y le entregaron el contrato para atender a los adultos mayores a una entidad llena de dudas. La pandemia empeoró la situación de esta población, pues la despojó de su autonomía y en muchos casos la aisló, evidenció también las altas tasas de mortalidad y expuso la fragilidad de los sistemas de salud para apoyarlos.

Decía Schopenhauer “Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario”  .

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