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Las reacciones extremas, además de favorecer la polarización, son un riesgo que la centro-derecha ya está aprendiendo a dejar pasar.
Por Carlos Enrique Cavelier - opinion@elcolombiano.com.co
Un principio elemental de la física, descubierto desde muy temprano, dice que toda acción genera una reacción. Ese axioma no solo rige los cuerpos y las moléculas: en las sociedades humanas y en las conductas individuales se verifica con la misma contundencia.
Quienes seguimos a Luis Carlos Galán desde la juventud —y mantenemos su legado en sus principios— contemplamos cómo la arremetida de la izquierda contra la inacción social de los partidos tradicionales, su hábito de la corrupción cómoda y su olvido del servicio público ha provocado una reacción nacional. Al principio, esa respuesta se manifestó en rechazo a todo aquello que oliera a política, porque la política exhala corrupción.
La reacción frente a Petro —que él siempre buscó por la polarización favorable que le generaba— empezó a adquirir otros matices desde de las consultas del pasado domingo: emergió un centro-derecha y un centro no polarizantes. Impulsado por ese viento, el movimiento de la Espriella sí lo tomó temprano para izar velas; pero la Gran Consulta logró, al menos temporalmente, llenar de esperanza y calma la campaña, alejándola de las agresiones personales a las que nos tienen acostumbrados los extremos.
La Gran Consulta triunfó en diversidad —aunque faltó representación de la Costa— y arrasó en experiencia y en voluntad de hacer las cosas bien, gracias a la experiencia y el oficio de sus nueve extraordinarios candidatos. Ahora corresponde construir un programa de ideas innovadoras que supere la gran imaginación política de la izquierda: no puede repetirse el business as usual. Paloma, Oviedo y los demás candidatos que deben recorrer el país para respaldar los seis millones de votos obtenidos en las urnas tienen la obligación de proponer más que los discursos que hasta ahora han ofrecido.
Las reacciones extremas, además de favorecer la polarización, son un riesgo que la centro-derecha ya está aprendiendo a dejar pasar; sin embargo, la selección de la candidata presidencial por parte de Iván Cepeda podría interpretarse como otra ayuda de Petro, pero no es así. El tema identitario que movilizó a los llamados “nadies” a votar masivamente no se limita a las comunidades indígenas, ni se circunscribe a amistades con el CRIC: la población afro descendiente, incorporada de forma visible en cargos públicos, sigue conectada con la izquierda. Ese giro identitario ha sido uno de los grandes logros de Petro con el cual resulta difícil competir. La posible primera confrontación con Aida Quilcué fue rápidamente disuelto por Paloma Valencia de manera inteligente. Pero nada pertenece a nadie de manera exclusiva: el centro puede y debe participar en parte importante de ese discurso. Atender al Chocó, tender una mano sincera a las comunidades indígenas, y reconocer a la población negra y campesina olvidada son causas absolutamente humanas que merecen un compromiso real.
Proponer soluciones integradas y de largo plazo es la tarea pendiente: deben ser viables más allá del gobierno de turno. Un ejemplo es retomar el acuerdo sobre desarrollo rural integral, recogido en parte en el punto #1 de La Habana: impulsar una reforma agraria que vaya mucho más allá de la sola entrega de tierras que ya es importante, articulándola con las vías de acceso, asistencia técnica, conexión a mercados, insumos y, lo más difícil, acceso al crédito. Solo así podrá traducirse la retórica en transformaciones estructurales y sostenibles que le lleguen al corazón de la gente el 31 de Mayo.