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La nueva normalidad

De nada sirve negar la nueva normalidad de la política colombiana. Mejor entenderla y aprender a navegarla.

hace 24 minutos
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  • La nueva normalidad

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

Hace casi exactamente cuatro años, en la tarde del 29 de mayo de 2022, el país supo que su próximo presidente sería Rodolfo Hernández o Gustavo Petro. En cualquier caso, un quiebre frente a quienes habían habitado la Casa de Nariño desde la segunda mitad del siglo XX. Dos discursos distintos, pero ambos antisistema, ajenos a los de “siempre”. Ambos dispuestos a cruzar líneas rojas que nadie había cruzado antes. Ambos, en el fondo, reflejo de un mismo hastío, sumando entre los más de dos tercios de la intención de voto.

Arranco por ahí porque muchos parecen haberlo olvidado: a una semana de la primera vuelta, diría que el estado de ánimo más característico de esta campaña ha sido la negación con lo que está pasando.

Viendo las encuestas de esta semana —donde, en parte por la inconveniente Ley de Encuestas, hay mucha volatilidad—, todas coinciden en la misma tendencia: que Cepeda se mantiene como líder, con cerca del 40% del apoyo a primera vuelta, convirtiendo casi uno a uno la favorabilidad de Petro; que Abelardo de la Espriella se afianza segundo y al alza; que Paloma, tras el impulso del buen resultado en la consulta, ha perdido inercia; que Fajardo, Claudia López y quienes los siguen están en el margen de error; y que, pase quien pase a segunda vuelta, esta será apretada.

El espíritu que impulsó a Rodolfo y a Petro entre los colombianos no se ha ido.

Muchos, en ese estado de negación, parten de la premisa de que Petro fue un accidente: un traspié en el camino de un país que, pese a la violencia y el narcotráfico, conservó una macroeconomía sólida y respetó una tecnocracia que mantuvo al Estado a flote, para un progreso lento pero seguro. Pensaron, o pensamos, que el error se corregiría, que la reversión a la media llegaría en cuatro años y que el retorno a esa trayectoria de “país juicioso”, ni muy bueno ni muy malo, estaba a la vuelta de la esquina.

Me temo que, aun antes del voto, la principal lección de la campaña es que no. El mayor legado político de Petro será haber creado en Colombia una izquierda que ya no es de élites intelectuales y está fragmentada, sino unificada, con banderas de reivindicación de clase y presencia en todo el país. Pero, del otro lado, el arquetipo del político de antes tampoco parece ser lo que el país quiere: no en vano Bukele es una de las figuras más populares entre los colombianos, y los vestigios de la política de hace una década se desvanecen lentamente, como se vio en las elecciones de marzo.

Cosas que antes se consideraban intocables, en el fondo y la forma, importan cada vez menos. Y el caos, el estado constante de confrontación alrededor de quienes aspiran a cargos públicos o los ocupan, más que restar, hoy suma.

Y no es un fenómeno exclusivo de nuestro país: no hay sino mirar el fenómeno Trump, o la impopularidad casi universal de los gobiernos en países como Inglaterra, Alemania o Francia, para constatar que muchos de los consensos que rigieron la política de las últimas décadas se erosionan aceleradamente.

De nada sirve negar la nueva normalidad de la política colombiana. Mejor entenderla y aprender a navegarla: el futuro progreso del país —y el camino para derrotar el continuismo de Cepeda— no vendrá de repetir el libreto de antes, ese que la mayoría parece haber decidido que ya no alcanza.

El resultado del próximo domingo parece que apuntará en esa dirección.

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