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China desacelera: ¿fin de una era?

hace 3 horas
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  • China desacelera: ¿fin de una era?

Por Beatriz de Majo - beatrizdemajo@gmail.com

Reconocer la realidad nunca ha sido la postura del gobierno chino en temas álgidos que atañen al gran gigante de Asia. Por ello, el recorte de la expectativa de crecimiento de la economía del titán que acaba de ser divulgada desde el Gran Salón de Pueblo – 4,5% para 2026, la tasa más baja de los últimos 35 años– marca un antes y un después.

Ahora una estrecha disciplina presupuestaria estará siendo vigilada continuamente para evitar un descalabro inconveniente. Como bien lo asegura el experto español Juan de la Cal, “esta rebaja no es un simple ajuste técnico; es el reconocimiento implícito de que la segunda economía del planeta avanza con el freno echado”.

Esta revisión a la baja del crecimiento del PIB configura un gesto político cargado de significado en un momento en que Xi Jinping necesita proyectar solidez en medio de un entorno internacional incierto. Admitir una desaceleración, cuando el relato oficial ha enfatizado durante décadas la expansión constante, sugiere que las tensiones internas son más profundas de lo que se reconoce públicamente.

Esta desaceleración refleja límites estructurales del modelo chino. El crecimiento basado en inversión masiva, exportaciones y expansión inmobiliaria muestra signos de debilitamiento..., o bien de agotamiento. El endeudamiento de gobiernos locales, la fragilidad del sector inmobiliario y una demanda interna resistente a la reactivación revelan una transición llena de escollos hacia un modelo más sostenible basado en consumo y servicios. La ralentización no es coyuntural: es el síntoma de un cambio de era.

Pero el impacto global es inmediato. China ha sido durante años el principal motor del crecimiento mundial. Una economía china menos dinámica implica menor demanda de materias primas, afectando a países exportadores en América Latina, África y Australia. También introduce incertidumbre en cadenas de suministro globales ya tensionadas por conflictos geopolíticos y procesos de relocalización industrial. En este contexto, la desaceleración china amplifica la fragilidad de una economía mundial que hará esfuerzos gigantescos de recuperación de los shocks en pleno desarrollo.

Para la población china, las consecuencias son más tangibles y potencialmente más delicadas. Un menor crecimiento se traduce en menos oportunidades laborales, especialmente para jóvenes urbanos altamente formados que ya enfrentan tasas de desempleo preocupantes. El debilitamiento del sector inmobiliario afecta el ahorro de millones de familias, dado que la vivienda constituye una parte central de su patrimonio. A esto se suma una percepción creciente de estancamiento social que desafía peligrosamente el contrato implícito entre el Partido y la ciudadanía: prosperidad a cambio de estabilidad política.

Ante este panorama, se esperan medidas de estímulo selectivo más que un retorno a los grandes paquetes expansivos del pasado. El gobierno probablemente combinará apoyo al crédito, incentivos al consumo y ajustes regulatorios para estabilizar sectores clave, evitando al mismo tiempo riesgos financieros mayores. Sin embargo, el margen de maniobra es más estrecho: estimular demasiado puede agravar desequilibrios.

En el plano internacional, esta China más débil podría adoptar el camino de la mayor cooperación para sostener el comercio global o una postura más proactiva para compensar su pérdida relativa de dinamismo. La alternativa de hacer poco no existe: profundizará la desaceleración. Las tensiones con Estados Unidos y la reconfiguración de alianzas económicas añaden complejidad a esta ecuación.

China sigue siendo una potencia económica central, con enormes capacidades industriales y tecnológicas. Pero lo que es claro es que su trayectoria ya no es imparable ni lineal. El verdadero desafío para Pekín no es solo volver a crecer, sino redefinir cómo crecer en un mundo menos favorable y con límites internos cada vez más exigentes.

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