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El centro también vota

El mundo se está incendiando por los extremos. Colombia tiene en estas elecciones una oportunidad de no seguir ese guion.

hace 40 minutos
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  • El centro también vota

Por Diego Santos - @diegoasantos

Arranquemos con un gancho noqueador a la mandíbula para todos aquellos que nos consideramos de centro. Aquí va. Sin anestesia. Hoy somos insignificantes en la discusión política. No marcamos la agenda, no dominamos el algoritmo y mucho menos llenamos las plazas. El debate político colombiano lo están definiendo los extremos, y nosotros, el centro, llevamos años mirando ese espectáculo con una mezcla de horror y parálisis electoral.

Seamos honestos. En un ecosistema de información donde la rabia viraliza mejor que el argumento, donde la caricatura derrota al matiz y donde la violencia simbólica se ha vuelto el idioma nativo de la política, las voces de centro suenan como una conversación de adultos en medio de un patio de recreo incendiado. Nadie las escucha. O peor: las escuchan, asienten, y luego votan con las vísceras. Peeero, eso no significa que el centro haya muerto. Significa que está mal ubicado.

Fajardo y Claudia son buenas personas. Probablemente demasiado buenas para esta época. Representan lo que la política debería ser, y precisamente por eso no tienen ninguna opción real en estas elecciones. En un mundo polarizado, el que no genera adrenalina no genera votos. Eso duele admitirlo, pero negarlo sería otra forma de autoengaño de la que el centro colombiano ya ha abusado demasiado.

¿Y qué pasa con nosotros? ¿Será que la izquierda radical o la derecha sin frenos van a hacernos espacio? Tampoco. Esas dos orillas comparten, paradójicamente, el mismo instinto: el que no está con ellos está contra ellos. El centro, para ambos extremos, no es una posición política. Es una traición. Por eso condenan el voto en blanco.

Entonces, ¿qué nos queda a los electores de centro?

Nos queda lo que siempre nos ha quedado cuando la historia nos pone contra la pared: decidir si nuestra voz sirve de algo o si preferimos la elegancia estéril de la abstención.

Estas elecciones no son un examen de pureza ideológica. Son una decisión de poder. Y en las decisiones de poder, votar por quien no puede ganar no es un acto de conciencia. Es un retiro del campo. Es permitir nuestro silenciamiento.

Hay una candidata a la que el centro ha mirado siempre con desconfianza. Con razones, algunas. Con prejuicios heredados, otras. Pero que en este ciclo viene dando señales concretas de que el centro no solo cabe en su proyecto, sino que tiene un lugar real en él. No simbólico. No decorativo. Real.

El centro tiene que hacerse esa pregunta sin anestesia: ¿prefiere tener razón o tener incidencia?

Porque quedarse en casa o insistir en candidatos sin masa crítica no es una postura valiente. Es regalarle el país a quienes sí fueron a votar. Y en Colombia, los que siempre van a votar no suelen ser precisamente los más moderados.

El mundo se está incendiando por los extremos. Colombia tiene en estas elecciones una oportunidad de no seguir ese guion. Ya suficientes incendios tenemos.

Pero esa oportunidad se ejerce votando. No moralizando desde la tribuna. Y el voto debe ser por Paloma Valencia. El mío es por ella.

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