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Vivimos enamorados de lo nuevo y desconfiados de lo viejo, como si una cosa anulara a la otra.
Por Isabel Gutiérrez R. - JuntasSomosMasMed@gmail.com
En 2023 Disney cumplió cien años. Cien años desde que un ratón en blanco y negro apareció en pantalla. Hoy esa compañía produce las películas más taquilleras del planeta, opera parques en cuatro continentes, lanzó una plataforma de streaming que disputa el mercado a Netflix y administra franquicias —Marvel, Pixar, Star Wars— que moldean el imaginario global. Detrás de esa longevidad opera disciplina estratégica donde otros solo ven magia.
El primer aprendizaje es incómodo para quienes confunden estrategia con planeación. Disney hace decenas de cosas distintas, pero todas dicen lo mismo: emoción cuidada, historia bien contada, detalle obsesivo. Esa promesa central, sostenida durante un siglo, es lo que Michael Porter llamaría foco verdadero. Walt Disney tenía un término propio para esa disciplina: el plussing, el oficio de hacer cada detalle más de lo esperado. En sus parques, los empleados se llaman cast members; los clientes, guests; el trabajo, show. Renombrar la operación es decirle a cada persona en la nómina que su oficio es sostener una experiencia. El plussing empieza ahí, en cómo una organización se nombra a sí misma. La estrategia importa; lo que sostiene una empresa es la consistencia con que se cumple.
El segundo aprendizaje es más contraintuitivo, en una época enamorada de la disrupción. Disney ha hecho movimientos audaces: compró Pixar en 2006, Marvel en 2009, Lucasfilm en 2012 y lanzó Disney+ en plena hegemonía de Netflix. En ninguna de esas decisiones canceló su herencia. Mickey convive con Iron Man, las princesas clásicas con Encanto, los parques clásicos con experiencias inmersivas de realidad aumentada. La reinvención madura traduce más de lo que destruye: exige conocer lo propio para saber qué ampliar, qué transformar, actualizar y qué dejar intacto. Es una lección dura para empresas obsesionadas con la disrupción trimestral y para juntas directivas convencidas de que cada nuevo liderazgo debe refundar la casa, como si la historia comenzara con su llegada.
Hay un tercer aprendizaje, quizá el más útil para innovar en serio. En 1957 Walt Disney dibujó un diagrama célebre donde una película alimentaba a los parques, los parques a la mercancía y la mercancía, de vuelta, a las películas. Esa intuición —que una creación bien hecha puede vivir en formas múltiples sin agotarse— anticipó lo que hoy llamamos innovación por plataformas. Frozen vive como película, musical de Broadway, atracción de parque, crucero temático, juguete y serie. La lección es traducible a cualquier sector: innovar no siempre exige crear de cero; muchas veces consiste en lograr que un activo valioso viva en más lugares y para más públicos.
Vivimos enamorados de lo nuevo y desconfiados de lo viejo, como si una cosa anulara a la otra. Disney lleva un siglo demostrando lo contrario: nada caduca cuando hay un alma y una estrategia clara. Las organizaciones que perduran comparten una marca: saben qué las hace ellas mismas y desde ahí se atreven a cambiar. A quienes lideramos o construimos esas organizaciones día a día nos corresponde aprender a innovar sin amputarnos. Esa es la disciplina silenciosa detrás de la magia.