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Columnistas | PUBLICADO EL 18 julio 2021

Bajo el mar

Por Enrique López Encisoealopezen@gmail.com

Haití vuelve a los titulares de prensa con una nueva desventura, en la cual están mezclados colombianos en una confusa trama. Una historia terrible la de Haití, el primer estado independiente de América Latina y el Caribe. Desde entonces, inició un periplo accidentado en el cual pasó de ser una de las más ricas colonias francesas, al país más pobre del hemisferio occidental. De crisis en crisis y cada vez más hundido en la pobreza, el pueblo haitiano atado a una noria de la que no puede o no sabe escapar.

Isabel Allende escribió un libro maravilloso (La Isla bajo el mar), que leí hace tiempo, en el cual narra una historia acaecida en la época de la independencia de Haití y que desempolvé en estos días aciagos. En la próspera Saint-Domingue, como la llamaban los franceses, la economía se basaba en plantaciones de caña de azúcar y café explotadas con mano de obra esclava. Los propietarios llevaban una placida y mundana vida atada a la metrópolis. El Caribe, con la presencia de Cuba y el tráfico comercial a su alrededor, favorecía a la isla. Los protagonistas haitianos tienen fuertes vínculos con Cuba.

Aparece en la novela un personaje, que existió realmente y tuvo una vida épica, un antiguo esclavo de nombre Toussaint Louverture, el primer general negro de Francia, que con su ejército de esclavos inició la gesta de independencia, que duró doce años hasta la derrota definitiva de las tropas francesas en 1803 y la declaración de independencia el año siguiente. Con los tambores de guerra comenzó el éxodo de los dueños de las plantaciones, muchos fueron a parar a Nueva Orleans, a Luisiana, otros a Cuba, para emprender nuevos negocios de azúcar y tabaco. Al principio, la salida de la isla se hacía con tiempo y ordenadamente, a los últimos les tocó dejar sus negocios abandonados y huir en desbandada.

Hasta esos rumbos sigue Isabel Allende a sus protagonistas que se están instalando en sus nuevas vidas. Cuando ellos salen de la isla, lo que se percibe en el fondo es el desmoronamiento de la economía de plantación de Saint-Domingue. Las plantaciones quedaron al garete a medida que sus dueños huyen. Algunas son destruidas totalmente, incendiadas, otras se paralizan y dejan de producir. Los esclavos liberados no tienen donde ocuparse.

La flamante república negra de Haití comienza en esas difíciles condiciones su existencia y hasta ahí llega la novela. Continúa la realidad en que el primer estado independiente, en el cual se hizo la primera revolución llevada a cabo por esclavos y el primero en liberarlos, va a tener que pagar una cuantiosa indemnización a Francia para que sea reconocida su independencia y, al tiempo, tiene que reconstruir su economía devastada.

No fue posible. Durante el siglo XIX y comienzos del XX, Haití fue un país en armas de forma permanente, con gobiernos de cortísima duración que se derrocan unos a otros. Ante la insurrección permanente, Estados Unidos interviene la isla entre 1915 y 1934, con el dominio de ciertas funciones del Estado, para ordenar casa y proteger la inversión estadounidense. Después de ese paréntesis, volverán la debilidad institucional y la frágil economía, presentes casi siempre en la tragedia haitiana, sentando las bases de una perfecta trampa de pobreza

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